A las ocho de la mañana, los pasillos del instituto se convierten en una romería de jóvenes. De jóvenes, como digo – cada uno de un padre y una madre -, que transitan por la vida con una mochilla repleta de miedos y alegrías. Son "chavales digitales", gente que ha nacido en un mundo de pantallas. Un mundo de "ladrones de tiempo", que muchos llaman "móvil". Mientras camino en dirección al aula, me viene a la mente ese chico con gafas de pasta, granos en la cara y pelo a lo afro. Ese chaval que fracasó y abandonó los estudios desde los catorce hasta los diecinueve años. Miro, por el retrovisor de la vida, y recuerdo aquellos prados de la España de los ochenta. La rebeldía formó parte de mi vida. Enfadado con el mundo, quise ver gigantes donde solo había molinos. Paso lista, con el móvil en la mano, y pronuncio – uno a uno – el nombre de mis alumnos. La pizarra refleja el destello de las ventanas. Tras pasar del mito al logos, hoy tocan los presocráticos.
Hablamos del "Arjé", de ese primer elemento, o elementos, que explicaba el origen de la naturalaza. Conocemos a Tales, Anaximandro, Anaxímenes y Pitágoras entre otros filósofos de la physis. Mientras explico cada uno de ellos, hago un esquema en la pizarra. Los alumnos copian sin saber, a ciencia cierta, para qué sirve la filosofía. Les digo que la filosofía es una actitud ante la vida. Una posición crítica, total y racional hacia el mundo que nos rodea. El saber no ocupa lugar. La silla – les digo – ocupa un lugar en el espacio. Sin embargo, a nuestro cuerpo podemos arrojar toneladas y toneladas de conocimiento. Toneladas que nos alejan del resto de los animales. El gusano nace gusano y muere gusano. Su conducta está preprogramada antes del nacimiento. No puede escapar de la misión. Sí o sí, deberá tejer el capullo de seda. Nosotros, los humanos, nacemos con la tabula rasa. Somos el único animal que decide su ser. Y el ser – en palabras de Heidegger – lo construimos mediante la profesión. De tal manera que somos médicos, abogados o maestros.
Mientras explico, observo la clase. Observo como el rostro se convierte en un reflejo cognitivo. Pregunto, abro debates y camino como lo hacía Aristóteles por las sendas atenienses. En la pizarra enfrento a Heráclito y Parménides. Les digo a mis alumnos que con ellos comienza el dilema entre el devenir y el ser, o dicho de otro modo, entre el cambio y la permanencia. Para el jónico, todo cambia. Nada permanece. Y en ese devenir que es la vida, observamos como nuestro yo, no es el mismo ahora que hace veinte años. Cambia el cuerpo – que diría Nietzsche – y con él, el pensamiento. La vida no se percibe igual a los quince que a los cincuenta. Parménides no confía en los sentidos. La esencia es la muestra del ser. Somos lo que somos y si dejáramos de serlo, entonces no seríamos lo que somos. Luego el "ser es" y el "no ser, no es". María, por muchos años que pasen. Por muchas arrugas que surquen sus mejillas, seguirá siendo María hasta el día de su entierro. Y lo seguirá, queridísimos amigos, porque somos únicos. Únicos e irrepetibles como los dedos de nuestras manos.