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¿Neocinismo?

Los cínicos fueron unos filósofos de la Antigüedad griega que criticaban el convencionalismo social. Tales pensadores – Diógenes, Antístenes y Crates de Tebas, entre otros – reivindicaban una "vida de perros". El perro simboliza buena parte de sus proclamas. Los perros viven conforme a la naturaleza, se conforman con poco, no sienten vergüenza por hacer sus necesidades en público y gozan de una libertad radical. Los cínicos clamaban contra el lujo y las convenciones sociales. A cambio, reivindicaban una vida austera, alejada del prestigio y la validación externa. La vida en la polis supuso un gregarismo urbano, que eclipsaba la libertad individual. Tras la debacle de Atenas, y el advenimiento del helenismo, la felicidad individual se convirtió en el objeto de toda ética. Los cínicos buscaban la autarkeia – la autosuficiencia -, la libertad radical y la ausencia de convenciones. No comulgaban con la "cultura del rebaño" sino con una vida sin ataduras ni credos morales.

Friedrich Nietzsche, en el siglo XIX, criticó la "moral de esclavos". Reivindicó una "moral de amos", o dicho de otra manera, una moral encarnada en los valores del "Superhombre". Culpabilizó a la "filosofía momia" del nihilismo y decretó la "inmoralidad" frente a la "moral artificial". Puso el acento en el instinto animal como motor de la vida. Sigmund Freud – padre del psicoanálisis – arremetió contra la cultura como inhibidora de las pulsiones del Ello. En su obra "El malestar de la cultura" puso el acento en las construcciones sociales frente al inconsciente. Un inconsciente que explicaba la conducta humana frente a la razón ilustrada. El gregarismo, o la cultura del rebaño, crea un "ser colectivo" que entorpece el encuentro con el "ser individual". La identidad personal, no es otra cosa, que tomar conciencia de nuestro ser. De un ser único, irrepetible y, por tanto, distinto a los demás.

La identidad personal supone una aventura hacia nuestro yo. Implica esfuerzo y tiempo para definir quién es ese o esa que se refleja en el espejo. La adolescencia es una etapa crucial en la búsqueda de nuestra esencia. El niño no es consciente de quién es. Juega con sus semejantes pero no se ve así mismo desde el objetivo de su propia cámara. El adolescente dialoga con ese otro que le acompaña desde la infancia. Busca su identidad sexual y personal. Y en esa búsqueda encuentra los ingredientes que configuran su singularidad. En el camino hacia el autoconocimiento, el adolescente descubre sus gustos y preferencias. Descubre sus aptitudes y torpezas. Y toma conciencia de su imperfección como humano. Busca y explora formas de vida acorde con su reflejo. Formas de vida que, en ocasiones, van más allá de la vida en sociedad. De ahí que algunos adolescentes sueñen con la vida de los perros o de otros animales. Vidas ajenas a las reglas sociales y desprovistas de la angustia. Vidas ubicadas en el estadio previo al contrato social. Vidas que nos recuerdan al sueño de los cínicos.

De Felipe, amos y votos en blanco

El otro día, escuché las palabras de Felipe González. Decía este señor, de las tripas ochenteras, que votará en blanco si se presenta Pedro Sánchez – como cabeza de cartel – en las próximas elecciones. También dijo, en términos peyorativos, que el presidente del Gobierno – y Trump – se creen los "putos amos". Cualquier ciudadano – y por supuesto González – es libre de opinar en democracia. Ahora bien, la opinión de Manolo – el vecino de Juan – tiene poco impacto en el pensamiento colectivo. Desde la crítica, y lo llevamos reivindicando muchos años, hace falta – con urgencia – una ley que regule la figura de los "expresidentes del Gobierno". Son figuras que manejan información privilegiada, influyen en las militancias y tienen relevacia mediática. El mensaje sobre un posible "voto en blanco" influye, de alguna manera, en las bancadas felipistas. Todavía existen muchos nostálgicos de aquel político – de la chaqueta de pana marrón – que llenaba plazas en los tiempos electorales. Un político que consiguió varias mayorías absolutas, hablaba de Europa y modernizó buena parte de las infraestructuras franquistas. Hoy, varias décadas después, Felipe no es el mismo como no lo somos ninguno de nosotros.

El tiempo nos moldea y nos hace ver la realidad desde otras perspectivas. De tal modo que las coyunturas cambian los discursos y renuevas los relatos. Hoy, la España de Felipe es distinta. Hoy, frente al bipartidismo y el turnismo de los tiempos pretéritos, hay un pluralismo político que activa la aritmética parlamentaria. La soberanía popular es condición necesaria pero no suficiente para la investidura de los presidentes. En los tiempos felipistas, PSOE y PP eran suficientes para activar mayorías de investidura. De tal modo que Felipe no tuvo que construir mayorías más allá de su influencia mitinera. Pedro, sin embargo, ha sido presidente pese a perder las elecciones. Ha sido capaz de gobernar dentro de un escenario postelectoral de carácter ingobernable. Y lejos de la simpatía o antipatía de sus alianzas parlamentarias ha conseguido el cetro de La Moncloa. Ha gobernado con partidos legales y legítimos. Partidos que, aunque no reciban el beneplácito de muchos, no han sido apartados del reparto por togas judiciales.

Hoy, España va bien en términos macroeconómicos. Ya nadie habla de deuda, de prima ni de tasas de paro. La economía – dicho por la prensa internacional – va "viento en popa" . Pasaron a un segundo plano los recortes de Zapatero y Rajoy. Gracias al Estado Social, la desigualdad ha disminuido. Aún así, Sánchez es criticado. Criticado por la derecha y, ahora, por los "jarrones chinos" de su bancada. Estamos ante una crítica que carece de alternativa. "¿Y usted, señor Feijóo, qué propone?", esta pregunta – verbalizada por Jacinto en el bar de Juana – simboliza el "mucho ruido y pocas nueces". Frente a la crítica exacerbada, el sanchismo sigue vivo y coleando. Y lo sigue porque la "tecla del bienestar" siempre fue una apuesta segura. El "pan y circo" – de los tiempos olvidados – sirve de elixir a la política. En una sociedad donde existen – como en todas – más pobres que ricos, a nadie le amarga un dulce. La subida del SMI, la revaloración de las pensiones, el aumento de la Oferta Pública de Empleo y las ayudas que, un día sí y otro también, son anunciadas por el Gobierno; invitan a que Sánchez siga gobernando. Y que siga, como les digo, pese a que un tal Felipe decida votar en blanco para evitar que salga reelegido el "puto amo".

La nueva indignación

Existe, decía Maslow, una jerarquía de necesidades en la vida humana. Una de ellas es, sin duda, la necesidad de un techo. Ese techo – o dicho e otros términos, la vivienda – se convierte en una utopía para los jóvenes del presente. Hace cuatro años, hablaba en CaixaForum Madrid, sobre la "generación en crisis". Los jóvenes "quieren y no pueden" salir del nido familiar. Y esto es un problema que tambalea los cimientos de la propiedad privada. Existe, en las sombras del capitalismo, una regresión hacia otras formas de convivencia. Cada día, vemos más jóvenes que optan por vivir en pisos compartidos o postergar la edad de emancipación. La propiedad privada – más allá de ser un derecho constitucional – se ha convertido en un lujo para el alcance de unos pocos. La generación Z lamenta que vive peor que la de sus padres. Nosotros – los padres – hemos conseguido, a trancas y barrancas, ser propietarios. Lo hemos logrado con riesgo, esfuerzo y sacrificio. Un logro que, desgraciadamente, se convierte en "algo inalcanzable" para la mayoría de nuestros hijos.

Este "querer y no poder" reestructura la sociedad. Si miramos por el retrovisor, observamos como la desigualdad entre los más pudientes y los menos pudientes crece de forma exacerbada. Cada día, la clase media adelgaza. Y adelgaza, entre otras razones, por la subida del IPC y, en concreto, el ascenso de los precios de coches y viviendas. Hace cuatro años, hablaba sobre "el revés capitalista". Anunciaba que "la angustia ante lo escaso afectará a la salud de nuestros jóvenes". Esa "angustia" genera frustración. Una frustración que se agudiza por la "ontología digital". La era de las redes sociales, nos instaura en el "ser comparativo". La "imposibilidad" y la "posibilidad" de millones de vida se manifiestan en el mismo escaparate. Un escaparate donde se muestra lo "caro" y lo "barato". Y en esa misma "tienda",  convergen por su pasillos nobles y plebeyos. No existe una separación de los espacios digitales. Rotas las paredes, que separan las vidas de "los de abajo" y "los de arriba", la angustia penetra en las vísceras de la comparación. Una comparación, como les digo, que nos conduce a la distracción constante.

"Los jóvenes – comentan en las redes – hemos perdido la esperanza". Y esa pérdida de esperanza conduce hacia el hastío. Un hastío que suscita conformismo, resignación e indignación. Ante esta "olla a presión", recuerdo el 15-M. Recuerdo como millones de jóvenes, y no tan jóvenes, salieron a las plazas. Plazas repletas de indignados e indignadas que escenificaron el enfado. Aquellas protestas sirvieron para tomar conciencia de "clase enfadada" contra el sistema. Hoy, nuestros jóvenes han pedido el entusiasmo. Y lo han perdido, queridísimos amigos, porque es muy complicado nadar contra corriente. Estamos ante una España dividida en lo político, en lo terrotorial y en lo económico. Esa división dificulta vehicular corrientes de protesta. Existe una "pluralidad incómoda" que impide, de algún modo, el desarrollo de una masa crítica y transformadora. Hacen falta nuevas narrativas, que engloben causas de protesta. Resulta necesario que los brotes de indignación unifiquen sus acciones mediante huelgas al unísono. Es urgente que la generalidad desplace a la especialización. Hace falta una unión entre quejas semejantes. Un unión que rompa las cadenas de la resignación.

Maduro, Trump y el efecto colateral

Hace nueve años, en los pergaminos de este blog, escribía "De Trump y la pseudemocracia". En ese post reflexionaba sobre el probable estilo del republicano en contraste con Obama. Hoy, tras el "secuestro" de Maduro, miro por el retrovisor de los tiempos y veo el mismo paisaje de los tiempos olvidados. Veo un estilo de gobierno que invita a la reflexión. Un estilo basado en un presidencialismo exacerbado. No olvidemos que el presidente de los Estados Unidos tiene potestad para decidir sobre cuestiones de política militar e internacional. Dicha potestad le otorga visibilidad y relevancia mundial. Lo hizo George Bush con Irak y ahora Trump con Venezuela. Sea – o no – legal la detención de Maduro, lo cierto y verdad es que no es la costumbre en Derecho Internacional. No es lo normal que un presidente capture a otro y lo ponga a disposición judicial. Y no es lo normal, como les digo, con independencia de que la acción sea conforme a la legalidad. Estamos ante algo extraordinario que tambalea los cimientos cotidianos.

Llegados a este punto – y con los hechos sobre la mesa – desde la crítica, nos debemos preguntar sobre el nuevo orden mundial. La amenaza y los temores de Maduro sobre el "imperialismo yanqui" se han hecho realidad. Ahora el "caballo de Troya" cabalga por las sendas de Caracas. Y ahora es cuando el pueblo venezolano está más dividido que nunca. Por un lado, tenemos aquellos que resentidos con el "madurismo", encuentran en Trump al mesías que hará realidad su sueño americano. Y por otro, los "maduristas", que ven en el presidente de los EEUU a un "neocolonizador proveniente del siglo XIX". Ven al inquilino de La Casablanca como alguien que se apodera de sus recursos naturales. Estamos, por tanto, ante un conflicto de actitudes entre hermanos de una misma patria. Un conflicto, que a su vez, traspasa sus fronteras y tiene sus reflejos al otro lado del charco. Con Maduro detenido, surgen nuevos relatos para pescar votantes en los ríos europeos.

En España, por ejemplo, Venezuela siempre ha estado presente en los debates políticos. En días como hoy, Podemos-Sumar condena abiertamente la "agresión imperialista" de los EEUU. El PP, por su parte, evita criticar a Trump por su intervención en Venezuela. Y Sánchez condena abiertamente "la reciente violación de la legalidad internacional en Venezuela". Así las cosas, observamos un progresismo que condena la actuación del americano. Y una derecha que calla y clama a la prudencia ante sus dudas sobre la legalidad de la detención del venezolano. Más allá de las posiciones partidistas, la detención de Nicolás sirve de cortina de humo ante los problemas españoles. Más allá del rédito electoral, la detención de Maduro despierta los fantasmas del pasado. Recuerda a aquellas viejas glorias que, guiadas por la pasión y la ambición, pusieron patas arriba al mundo de su época. Pensemos que la detención de Maduro sea un gesto benévolo, por parte de quien fue candidato al Nobel de la Paz.

Sobre clásicos y democracia

Decía Platón que la democracia no era el mejor sistema político. Y no lo era porque Trasíbulo asesinó al hombre más coherente de Atenas. Muerto Sócrates, Platón viajó por Siracusa. Allí quiso aplicar su Estado ideal. Un Estado, como les digo, gobernado por los sabios. Gobernado por quienes vieron el sol tras salir de la caverna. Ellos serían los mejores para gobernar conforme al bien en sí. La democracia, decía el maestro de Aristóteles, no es la mejor forma de Gobierno. En ella no gobiernan los mejores sino los adecuados. El sorteo no es un método eficaz para elegir a los gobernantes. Y no lo es porque cualquiera – con independencia de su inteligencia – puede ser elegido. Da igual que sea un ludópata, violador o vago por naturaleza. El cetro puede ser empuñado por Manolo, el más tonto de la polis. Arriba deben estar los mejores. No los mejores de linaje sino los más capaces políticamente. Y los más capaces son quienes cultivan el estudio y racionalizan las emociones.

Hoy en día, muy poca gente sigue los consejos de Platón. Casi nadie ha leído su República. Tanto es así que, cientos de siglos después, cualquiera puede ser alcalde. No existe una habilitación para la política. Nadie hace un examen que demuestre su valía. Así las cosas, corremos el riesgo que algunos elegidos se hallen desprovistos de justicia. Se hallen, como les digo, con una infraestructura injusta de su alma. De tal modo que sus psiques emocionales manden sobre su razón. Y cuando ello ocurre – cuando el "caballo feo y malo" controla al auriga del carro romano – el político nace descarriado. Nace con una predisposición hacia el deseo y los placeres mundanos. Y en esa búsqueda de hedonismo barato, Jacinto se corrompe ante las tentaciones de palacio. Aristóteles también criticó la democracia. Y la criticó porque la consideró "el gobierno de los pobres". Un gobierno donde el interés particular prevalecía sobre el general.

Aristóteles defendió la República como la mejor forma de Gobierno. La República representa a la clase media y a la Ley. Este sistema vela por el bien común. Estamos, por tanto, ante una forma intermedia entre el gobierno de los pobres y el de los ricos (la oligarquía). La República simboliza el "término medio". Un "término medio" dirigido por la razón. El gobernante justo debe mirar a ambos lados del espectro y encontrar la esencia que une los extremos. Y en esa esencia se halla el centro político. Un centro que – en los tiempos actuales – pierde fuelle por culpa de los radicalismos. Los radicalismos surgen ante la ausencia de partidos atrapalotodo. De partidos que miren más allá del interés particular. Ante esa ausencia de centro, la población busca refugio en los márgenes políticos. En días como hoy, ni las recomendaciones de Platón, ni las de Aristóteles, sirven a la praxis. Estamos, por desgracia, ante una democracia desprovista de meritocracia. Estamos ante una crisis del término medio que agudiza los extremos. Esta política, antiplatónica y antiaristotélica, nos conduce hacia la muerte de la decedencia.

Sobre jóvenes y filósofos

A las ocho de la mañana, los pasillos del instituto se convierten en una romería de jóvenes. De jóvenes, como digo – cada uno de un padre y una madre -,  que transitan por la vida con una mochilla repleta de miedos y alegrías. Son "chavales digitales", gente que ha nacido en un mundo de pantallas. Un mundo de "ladrones de tiempo", que muchos llaman "móvil". Mientras camino en dirección al aula, me viene a la mente ese chico con gafas de pasta, granos en la cara y pelo a lo afro. Ese chaval que fracasó y abandonó los estudios desde los catorce hasta los diecinueve años. Miro, por el retrovisor de la vida, y recuerdo aquellos prados de la España de los ochenta. La rebeldía formó parte de mi vida. Enfadado con el mundo, quise ver gigantes donde solo había molinos. Paso lista, con el móvil en la mano, y pronuncio – uno a uno – el nombre  de mis alumnos. La pizarra refleja el destello de las ventanas. Tras pasar del mito al logos, hoy tocan los presocráticos.

Hablamos del "Arjé", de ese primer elemento, o elementos, que explicaba el origen de la naturalaza. Conocemos a Tales, Anaximandro, Anaxímenes y Pitágoras entre otros filósofos de la physis. Mientras explico cada uno de ellos, hago un esquema en la pizarra. Los alumnos copian sin saber, a ciencia cierta, para qué sirve la filosofía. Les digo que la filosofía es una actitud ante la vida. Una posición crítica, total y racional hacia el mundo que nos rodea. El saber no ocupa lugar. La silla – les digo – ocupa un lugar en el espacio. Sin embargo, a nuestro cuerpo podemos arrojar toneladas y toneladas de conocimiento. Toneladas que nos alejan del resto de los animales. El gusano nace gusano y muere gusano. Su conducta está preprogramada antes del nacimiento. No puede escapar de la misión. Sí o sí, deberá tejer el capullo de seda. Nosotros, los humanos, nacemos con la tabula rasa. Somos el único animal que decide su ser. Y el ser – en palabras de Heidegger – lo construimos mediante la profesión. De tal manera que somos médicos, abogados o maestros.

Mientras explico, observo la clase. Observo como el rostro se convierte en un reflejo cognitivo. Pregunto, abro debates y camino como lo hacía Aristóteles por las sendas atenienses. En la pizarra enfrento a Heráclito y Parménides. Les digo a mis alumnos que con ellos comienza el dilema entre el devenir y el ser, o dicho de otro modo, entre el cambio y la permanencia. Para el jónico, todo cambia. Nada permanece. Y en ese devenir que es la vida, observamos como nuestro yo, no es el mismo ahora que hace veinte años. Cambia el cuerpo – que diría Nietzsche – y con él, el pensamiento. La vida no se percibe igual a los quince que a los cincuenta. Parménides no confía en los sentidos. La esencia es la muestra del ser. Somos lo que somos y si dejáramos de serlo, entonces no seríamos lo que somos. Luego el "ser es" y el "no ser, no es". María, por muchos años que pasen. Por muchas arrugas que surquen sus mejillas, seguirá siendo María hasta el día de su entierro. Y lo seguirá, queridísimos amigos, porque somos únicos. Únicos e irrepetibles como los dedos de nuestras manos.

Vox, el nuevo centro

Desde que Sánchez llegó a la Moncloa, el PP nunca asumió su derrota. En España, ganar unas elecciones – como las ganó Feijóo – es condición necesaria pero no suficiente para vivir en la Moncloa. La legitimidad última del presidente del Gobierno reside en las urnas y de la aritmética parlamentaria. Alberto Feijóo ganó las elecciones pero no consiguió la confianza de la Cámara. Así las cosas, Pedro es el presidente legítimo. Y lo es, queridísimos amigos, porque sus socios de Gobierno son partidos legales y legitimados para pactar. Por mucho que la derecha insulte – con aquello de "me gusta la fruta" – y alimente el fantasma del "sanchismo", Pedro es, y será – salvo que las urnas o una moción de censura decidan lo contrario – el elegido. Una vez aclarado esto, que son las vocales de la democracia, Feijóo debería ejercer como líder de la oposición.

Un líder de la oposición no es un negacionista que dice "no" a todo lo que decide el presidente del Gobierno. Un rival político se debe convertir en una "alternativa creíble". Y para ello, aparte de criticar la gestión del legítimo, debe crear nuevas narrativas que ilusionen a la gente. En días como hoy, el Sanchismo – lejos de la corrupción de su partido – ha supuesto crecimiento económico para España y bienestar territorial. El pacto con las fuerzas catalanas, y el gobierno de Salvador Illa, ha traído una "paz general". Se ha apagado el ruido de sables entre Cataluña y Madrid. Y se ha mejorado – de forma aguda – el Estado del Bienestar. Se han incrementado las ayudas familiares y ha descendido la brecha de la desigualdad. En términos generales, el gobierno de coalición no era una mala idea. Y no lo era porque gracias al Sanchismo, España progresa adecuadamente. Frente a esta forma de gobierno – basada en pactos -, Feijóo niega la nueva realidad. El bipartidismo de los tiempos felipistas es un canto de otro corral.

Llegados a este punto, Feijóo lo tiene crudo para gobernar España. Su partido yace roto desde el minuto número uno que apareció Vox. Si antes, el partido de Abascal era una formación de extremaderecha, ahora se ha convertido en la alternativa entre "rojos y azules". Estamos, paradojas de la política, ante el nuevo centro. Un centro que se proclama como alternativa ante un sachismo – desgastado por sus casos de corrupción – y un feijonismo – que "quiere pero no puede" volver a lo tiempos de Aznar -. Ante esta situación, Vox se proclama como un giro radical ante el cansancio de la situación. Se proclama como el partido que simboliza el orden frente al caos. Un partido – de corte conservador – que verbaliza un discurso radical. Un discurso que trata de vehicular una nueva moralidad. Una nueva moralidad distinta a la que Podemos protagonizó en su día. Ahora, no es la lucha contra la casta sino el orden contra el desorden. La paz contra la guerra. La amenaza contra la calma. Y, si quieren, la radicalidad contra el reformismo enquistado.

Las huellas del ahora

La postmodernidad supuso una crítica a los grandes relatos. La universalización del saber hizo aguas. Y el tiempo se convirtió en motivo de reflexión. Y es que, por mucho que dispongamos de reloj, no es lo mismo una hora en una situación que en otra. Una hora, en la sala de espera de un hospital – por ejemplo – es más larga, o al menos así la percibimos, que una hora con los amigos en el bar. El tiempo, que diría Einstein, es relativo. Los postmodernos fueron más allá y hablaron del "eterno retorno". Se puso en valor el "aquí y ahora" en detrimento del pasado y futuro. Tanto uno como el otro no existen en el presente. De tal modo que el instante es el único tiempo verdadero. De ahí que somos presente. Un presente que nace y muere en milésimas de segundos. Y un presente que cura las angustias temporales. Tanto pasado como futuro son motivo de nostalgia por lo vivido y ansiedad por lo que viviremos. A estas angustias, debemos sumar la finitud de la vida. Somos el único animal que sabe que morirá pero no sabe cuándo sucederá.

La ruptura con el "tiempo tradicional". La crítica a ese "pasado, presente y futuro" también trasciende a la política. De tal modo que se mira con lupa "el ayer" de los elegidos. Se hurga por sus recovecos genealógicos. Y se hurga para sacar alguna mancha que dañe su presente. Las "huellas del antes" quedan impregnadas en las arenas de las hemerotecas. A través de las mismas, los adversarios sacan los trapos sucios del pasado. De un pasado que ya no existe. Y no existe porque lo asesinó la evolución. La evolución – el cambio – que supone el tránsito por la vida implica tensión en la imagen del retrovisor. A través del espejo, Andrés observa a ese otro que fue y ya no es en el presente. Observa como sus círculos sociales han cambiado. Y constata como su manera de pensar también ha sufrido alteraciones. Ese cambio constante, que todos sufrimos, implica un derecho al olvido. Ese derecho, que hoy podemos ejercer en las plataformas digitales, no ha llegado a la política. El juramento de cualquier cargo público no despoja las piedras de la mochila. Así las cosas, cualquier candidato en las listas electorales debe ser consciente que, tras su elección, tendrá que lidiar con su pasado.

Y ese pasado, que ya no existe, en ocasiones supone una pérdida del cetro. Y lo supone porque hemos institucionalizado la "esclavitud del pasado". Desde la crítica debemos romper una lanza contra esta praxis. El juicio social debería ser hacia el otro y no hacia sus "otros". Así las cosas, muchas veces, los líderes de la oposición lanzan sus dardos contra los "otros" del adversario. Hurgan en su pasado y actualizan esas huellas marcadas en sendas abandonadas. Se muestran críticos con lo "que hizo fulano en su pasado". Y lo hace sin tomar en consideración que "agua pasada no mueve molinos". De ahí que debería existir un pacto de Estado para que se juzgue a los elegidos por su presente y no por su pasado. El político debería ser juzgado por la gestión de su mandato. Juzgado, como les digo, por su coherencia y honestidad – en su compromiso con lo público – durante la vigencia de su cargo. Juzgado por su "aquí y ahora". El mismo que, dentro de unos años, configurará su pasado. Un pasado reconstruido por el discurso de los presentes.

  • SOBRE EL AUTOR

  • Abel Ros (Callosa de Segura, Alicante. 1974). Profesor de Filosofía. Sociólogo y politólogo. Dos libros publicados: «Desde la Crítica» y «El Pensamiento Atrapado». [email protected]

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