Corrían los años noventa y mi vida era un cúmulo de fracasos y derrotas. Sin oficio ni beneficio, los días pasaban inundados de copas de tequila. El horóscopo se convirtió en mi lectura preferida. El Capri pasaba por sus mejores momentos. Peter sabía cómo atraer gente a la pista del garito. Aquella noche, la barra estaba repleta. En los taburetes del fondo, Manuela hacía aros con el humo del Ducados. Jacinto, el barrendero, leía el Marca mientras saboreaba el carajillo. La música de Loquillo ponía el broche a los amores clandestinos. Amores de barra entre casados y casadas. Amores renacidos de fuegos apagados. En aquellos años, mi cara era un mosaico de espinillas. Espinillas que testificaban la efímera primavera. Detrás de la timidez se escondía un soñador de castillos en el aire. En la Telefunken, Felipe González hablaba de Europa en la plaza de toros de Valencia. España era diferente a la que hoy acostumbramos.
Eran tiempos analógicos. Tiempos sin móviles en los bolsillos, sin Internet en las pantallas y sin coches electrificados. La gente se comunicaba por teléfonos cableados o cara a cara. Por las calles, los niños jugaban a la pelota. Recuerdo aquellas dos piedras que servían de porterías. Existía una fraternidad que hoy se ha perdido. Se ha perdido el "buenos días" por la mañana. Se han perdido los dos besos en la mejilla. Y se ha perdido, maldita sea, buena parte de la cortesía. Ni mejores ni peores sino tiempos diferentes. En aquellos años, no teníamos redes sociales. Las redes sociales eran los bares y los mentidores de la calle. El “boca y oído” fue el algoritmo para el común de los mortales. "¿Te has enterado de?" y, a partir de ahí, decenas de rumores corrían por las tripas de los pueblos. Rota la comunidad, ahora manda el "sálvese quien pueda". Vivimos tiempos de vigilancia permanente. Existe un "Gran Hermano" que nos mira y oye allá por donde vamos.
En El Capri, encontraba una bocanada de aire fresco ante la polvareda de mi vida. Allí, las horas transitaban entre litronas y el placer de las caladas. Una noche, solo en la barra y sin ningún perro que me ladraba, se me acercó Francisca, la mujer del fontanero. Fumadora hasta las trancas, me preguntó si llevaba fuego para encender su pitillo. Sentados en el taburete, hablamos hasta el amanecer. Hablamos de amores perros y ladridos callejeros. La vida – me decía – es un momento. Para unos largo y para otros efímero como la espuma de la cerveza. En el fondo, Jacinto quemaba su salario por la ranura de las máquinas tragaperras. El estruendo de las monedas se convertía en la fruta prohibida. La noche envolvía de paz a la culpa del fracaso. Fracaso por no haber estudiado cuando debía y fracaso por dejar el cuerpo muerto en la flor de la vida. De una vida sin sentido. Una vida vacía como los vasos, de una barra, en un sábado a deshora. Vasos con cubitos diminutos, manchados de carmín, y rodajas de limón.










