Los cínicos fueron unos filósofos de la Antigüedad griega que criticaban el convencionalismo social. Tales pensadores – Diógenes, Antístenes y Crates de Tebas, entre otros – reivindicaban una "vida de perros". El perro simboliza buena parte de sus proclamas. Los perros viven conforme a la naturaleza, se conforman con poco, no sienten vergüenza por hacer sus necesidades en público y gozan de una libertad radical. Los cínicos clamaban contra el lujo y las convenciones sociales. A cambio, reivindicaban una vida austera, alejada del prestigio y la validación externa. La vida en la polis supuso un gregarismo urbano, que eclipsaba la libertad individual. Tras la debacle de Atenas, y el advenimiento del helenismo, la felicidad individual se convirtió en el objeto de toda ética. Los cínicos buscaban la autarkeia – la autosuficiencia -, la libertad radical y la ausencia de convenciones. No comulgaban con la "cultura del rebaño" sino con una vida sin ataduras ni credos morales.
Friedrich Nietzsche, en el siglo XIX, criticó la "moral de esclavos". Reivindicó una "moral de amos", o dicho de otra manera, una moral encarnada en los valores del "Superhombre". Culpabilizó a la "filosofía momia" del nihilismo y decretó la "inmoralidad" frente a la "moral artificial". Puso el acento en el instinto animal como motor de la vida. Sigmund Freud – padre del psicoanálisis – arremetió contra la cultura como inhibidora de las pulsiones del Ello. En su obra "El malestar de la cultura" puso el acento en las construcciones sociales frente al inconsciente. Un inconsciente que explicaba la conducta humana frente a la razón ilustrada. El gregarismo, o la cultura del rebaño, crea un "ser colectivo" que entorpece el encuentro con el "ser individual". La identidad personal, no es otra cosa, que tomar conciencia de nuestro ser. De un ser único, irrepetible y, por tanto, distinto a los demás.
La identidad personal supone una aventura hacia nuestro yo. Implica esfuerzo y tiempo para definir quién es ese o esa que se refleja en el espejo. La adolescencia es una etapa crucial en la búsqueda de nuestra esencia. El niño no es consciente de quién es. Juega con sus semejantes pero no se ve así mismo desde el objetivo de su propia cámara. El adolescente dialoga con ese otro que le acompaña desde la infancia. Busca su identidad sexual y personal. Y en esa búsqueda encuentra los ingredientes que configuran su singularidad. En el camino hacia el autoconocimiento, el adolescente descubre sus gustos y preferencias. Descubre sus aptitudes y torpezas. Y toma conciencia de su imperfección como humano. Busca y explora formas de vida acorde con su reflejo. Formas de vida que, en ocasiones, van más allá de la vida en sociedad. De ahí que algunos adolescentes sueñen con la vida de los perros o de otros animales. Vidas ajenas a las reglas sociales y desprovistas de la angustia. Vidas ubicadas en el estadio previo al contrato social. Vidas que nos recuerdan al sueño de los cínicos.










