Nietzsche, en el siglo XIX, hizo una crítica a la razón ilustrada. Decía que el progreso técnico y la moral no transitaban por los mismos derroteros. Las proclamas de la Revolución Francesa no eran tan idílicas como parecían. A día de hoy, existe más desigualdad, menos fraternidad y libertad. El filósofo culpó a los platonismos, o "filosofía momia", del nihilismo. La cultura occidental está enferma y su principal causa no es otra que la moral de esclavos. Existe un conjura de los de abajo contra los de arriba. Muerta la moral cristiana, Nietzsche propuso el superhombre. Propuso un inmoralista para salvar a Occidente de la tragedia. Hoy, en pleno siglo XXI, el cristianismo sigue vivo pese a las advertencias de Friedrich. Actulamente, gran parte de la sociedad necesita la polvareda del rebaño a su paso por la senda. Existe una resistencia a "salir del grupo". Los grupos de wasap se han convertido en el nuevo gregarismo. Bajo la lana, las ovejas encuentran cobijo ante el frío de la soledad.
Marx – filósofo de la sospecha – no decretó la muerte de Dios. Dijo que la religión era "opio para el pueblo". El proletariado, alienado en la infraestructura capitalista, encuentra en el "más allá", un calmante para su miseria vital. De tal modo que la religión se converte en un vehículo para la felicidad. Kant, por su parte, en el siglo XVIII, reubicó a la religión. Dijo que la religión no atendía a la razón teórica sino a la práctica. Por un lado estaba la ciencia y por otro las creencias. Hoy, debemos repensar el fenómeno religioso. Estamos ante un entorno digital que nos lanza a una sobreexposición constante de nuestras vidas. La "vida escaparate" nos convierte en maniquíes ante los ojos de la gente. La carcasa resiste los avatares de la tristeza. La gente muestra sus dientes blancos en un escenario donde la felicidad se compra en la tienda de la esquina. Ante esta "nueva esclavitud", el superhombre nietzscheano se siente agotado. En una sociedad de leones y caballos relucientes, solo sobreviven las ovejas fosforitas.
Los humanos sufrimos ante el devenir. Y ese sufrimiento se traduce en el síndrome de Peter Pan. El envejecimiento se percibe como decadencia humana. La vejez simboliza la pérdida de la "voluntad de poder". De tal modo que existe una fobia colectiva ante la biografía. El paso de los años ya no es sinónimo de respeto y sabiduría sino una pérdida de oportunidades ante la vida. Esta verdad se manifiesta en la "angustia por el devenir". Sin Dios en el horizonte, el ateísmo necesita fuerza para afrontar la cruda verdad. Necesita saber que, tarde o temprano, enfermará, envejecerá y morirá. Y todo surgirá en un eterno retorno. La vida se entiende como un cúmulo de instantes que se repiten, de forma circular, en una espiral infinita. De ahí que debamos gestionar esos "instantes repetidos". Instantes que son la esencia de lo diverso. Y en esa jungla de animales, cada uno de padre y una madre, debemos luchar contra la barbarie. Una barbarie que nos aleja de la paz perpetua que defendía Kant. Alejados de la paz, nos convertimos en una sospecha ante los ojos de los otros.










