Ayer, mientras limpiaba el armario, encontré una bolsa llena de fotografías. Eran el testimonio vivo de otras fases de mi vida. En ellas, vislumbré un otro que no se corresponde con las imágenes del ahora. Tras más de treinta años, las fotos mostraban espacios apagados. Hoy, en la era de los móviles, la fotografía ha cambiado su función. Somos la generación más fotografiada de la historia pero, sin embargo, se ha perdido el ritual de la espera. En la sociedad de lo inmediato, Manolo – por poner un ejemplo – no necesita la espera para ver su reflejo. Ahora, las fotos son reveladas en milésimas de segundos. En la era de los selfies, el carrete se convierte en "espacios en la nube". La inmensa mayoría utiliza la "cámara del móvil". Las máquinas analógicas se han convertido en reliquias para nostálgicos del papel. Sin papel, muere el álbum del ayer. Y con su muerte, el ritual en torno a él. Ahora, casi nadie queda con el otro para "ver el álbum". El álbum era una muestra de amistad. Era, como les digo, una ventana abierta a la intimidad.
Hoy, en la sociedad de la imagen, las fotos han salido del ámbito privado. Las fotos se hacen, en su mayoría, para su publicación en las redes sociales. La gente muestra su vida en espera de "Likes". El "like" se convierte en el verificador de la imagen. Las fotos valen más, o menos, en función de su recepción visual. De tal manera que muchos arriesgan sus vidas con el objeto de inmortalizar su hazaña. En ese álbum público, las fotos no quedan olvidadas en el cajón sino que trascienden las líneas del devenir. Tras el fallecimiento, las redes sociales siguen mostrando la imagen del que se fue. El algoritmo no distingue entre vivos y no vivos sino que rastrea en función de su configuración. Y ello provoca alegría y dolor al espectador. Ahora, maldita sea, el recuerdo digital es quien genera el efecto bola de nieve. El presente recoge los residuos del pasado y los convierte en un "eterno instante". Somos una reactualización continua de una foto que se reproduce a lo largo de la vida. Conforme bajamos la pantalla, regresamos al pasado. No hace falta ninguna hipnosis. Ahora la hipnosis se consigue mediante el deslizamiento de los dedos por el lado del rectángulo.
La fotografía nos recuerda que somos devenir. Por mucho que gastemos en tratamientos antienvejecimiento antes o después envejeceremos. La foto es la esencia de la verdad. Nuestra verdad queda inmersa en las murallas del móvil. No hay escapatoria. La mirada atrás, por nuestro álbum público, nos recuerda que la vida es un espectro o segmento. Un segmento que se desliza de lo joven hacia lo viejo y viceversa. De ahí que muchos optan por prescindir de la foto. Sin foto no existe el sufrimiento ni dolor por el tránsito de los años. La actualización permanente de nuestra imagen nos inmuniza ante la tragedia. Ni siquiera el espejo es tan cruel. Y no lo es porque el espejo refleja siempre el ahora. No nos muestra los reflejos de ayer. La IA permite cambiar el sino de la cámara. Permite alterar la verdad y adulterar nuestra esencia. Gracias a la inteligencia artificial, la gente consigue detener el envejecimiento. Y en esa detención se halla la nueva felicidad. Una felicidad basada en la ensoñación y el reflejo artificial.










