Tras medio siglo desde que Armstrong y Aldrin plantaron una bandera en la Luna, muchas veces me pregunto si tal hazaña fue cierta o una tomadura de pelo. El otro día, antes de escribir este artículo, le pregunté al ChatGPT sobre la veracidad de este misterio. Lejos de encontrar una solución al problema, encontré dudas ante lo preguntado. Dudas que me recordaron al gato de Schrödinger, un experimento que admitía una realidad basada en contradicciones. Hoy, con el Artemis II sobrevolando la Luna, no entiendo por qué tanto miedo en alunizar si la tecnología lo permite. Si antes se pudo con medios rudimentarios, por qué ahora – en la era de Internet, la IA, el Perseverance y el Ingenuity en Marte – la NASA pierde una oportunidad histórica. Sea por lo que sea, lo que es una realidad incuestionable es que cuatro seres humanos han visto la Tierra y la Luna desde órbitas extraterrestres.
Las vistas tomadas desde Orion, nos sitúan ante una perspectiva que invita a la reflexión. Desde la nave, las imágenes de la Tierra tiran por la borda las tesis terraplanistas. Son imágenes de un astro como otro cualquiera. Un astro esférico, compuesto de cuatro elementos – tal y como decía Aristóteles – que impide ver al ser humano. Desde allí, la Tierra se convierte en una roca gigante, policromada y misteriosa. Tales imágenes suponen una reconceptualización del fotoperiodismo. Lejos de ser una foto que ilustra un texto, la imagen se convierte en un fin en sí misma. Estamos ante una fotografía contemplativa. El espectador contempla unas imágenes exentas de finalidad. No existe ni denuncia, ni crítica social más allá de lo reflejado. La foto muestra una imagen tomada desde otra perspectiva. Desde la ventana de Orion, nosotros somos el espejo de un conglomerado de manchas en el seno de una esfera. Somos el todo desde la parte o la parte desde el todo.
La contemplación de la imagen, insufla emociones en el espectador. Para unos, la Tierra no es más que un astro flotando en medio de la galaxia. Para otros, la metamorfosis de la humanidad vista desde la lejanía. Somos, una nada que se traduce en algo cuando se acerca el objetivo. De tal modo que el ser humano muere en la distancia. Muere y vive al mismo tiempo. Muere porque no hay evidencia de su forma. Y vive porque forma parte de la foto aunque no se distinga. En el seno de la manchas, hay millones de seres que viven en las tripas del pigmento. Son seres vistos desde la distancia. Y en esa distancia, la vida es inapreciable desde la órbita. Desde la órbita, la Tierra contiene el mismo misterio que encierra el resto de los planetas. Un misterio sobre la existencia, o no, de vida en la lejanía. De una lejanía deformativa que convierte lo concreto en abstracto y viceversa. Desde esa perspectiva, los humanos deberíamos tomar conciencia del valor de lo cercano. Una cercanía que permite ver los contornos en las manchas de la Tierra.










