Como profesor de Historia de la Filosofía, antes de tratar el pensamiento de un autor, suelo analizar su contexto histórico. Decía Marx que la infraestructura condicionaba la superestructura. El pensamiento de Agustín de Hipona sería diferente sin la Edad Media como marco de su vida. De la misma manera que Mary Wollstonecraft y Olympe de Gouges no hubiesen proclamado los derechos de la mujer sin un patriarcado omnipresente en el siglo XVIII. Así las cosas, el contexto determina y está, de alguna manera, impregnando en la obra. Sinceramente, pienso que el pensamiento es ajeno al autor. El autor nace en el seno de un pensamiento instaurado que condiciona su mirada. Benito Pérez Galdós retrató la España de su tiempo. Interpretó, desde el ángulo de su pluma, la realidad sociopolítica de su época. Esa realidad determinó sus pinceladas. Goya retrató los avatares de la Guerra de la Independencia. Supo poner de relieve el terror de la contienda a través del movimiento, las manchas y el dramatismo de sus rostros. Sin ese conflicto, "Los fusilamientos" no habrían existido. No existe, por tanto, un "pensamiento puro" y desligado de la situación.
Cualquier obra literaria es el resultado de la experiencia del autor. Esa experiencia no es otra que lo vivido, lo leído y lo sentido. De ahí que existen literatos cuyos libros son la recombinación de cientos de lecturas. Y existen, y disculpen por la redundancia, autores cuyos libros son el reflejo de viajes y momentos laborales. La novela surge de ese coctel sensorial. La imaginación, que diría Hume, no es otra cosa que la combinación de cientos de impresiones recogidas por los sentidos y almacenadas en la memoria. Y esas imágenes, por muchos derechos de autor que existan, no pertenecen al creador. El creador aporta su capacidad para ensamblar. Ni siquiera la ciencia ficción es mérito del guionista sino el resultado de varias "ideas facticias" entremezcladas en una misma narrativa. No existe "nuestro pensamiento" sino "el pensamiento". Y "el pensamiento" no es otra cosa que la capacidad de relacionar entre sí los "inputs" de nuestra vida. Por ello, Foucault decretó la "muerte del autor". El autor ha muerto porque no es creador de realidades sino un gestor de las mismas. Su literatura necesita su entorno para ser entendida. Sin ese telón, la obra pierde el eje temporal y espacial. Pierde las condiciones de posibilidad que diría Kant. Dos condiciones necesarias para que exista la comprensión lectora.
Si no existiese el fondo, la forma cambiaría su figura. Ese fondo condiciona la hermenéutica del escrito. De ahí que en Miguel Hernández, por ejemplo, no podamos separar al ser del poeta. El ser está conformado por su contexto histórico. Y el contexto de Miguel no es el actual. Miguel se crio en la huerta de Orihuela. Se crio entre olivos y limoneros. Coqueteó con la Generación del 27 y sufrió los avatares de la Guerra Civil y la privación de libertad. Ese entorno no le perteneció, sino que se lo encontró a su paso por la vida. Pero esa coyuntura determinó su "poesía de guerra". Influyó, como les digo, en Vientos del pueblo o El hombre acecha, por ejemplo. Cuesta separar dónde comienza Miguel y dónde acaba el poeta. Y cuesta porque, como decíamos atrás, no hay autor sin historia. La historia es el soplo de las letras. Un soplo incesante que recoge las angustias y sensaciones que provocan sus ráfagas. De ahí, la importancia de estudiar las vidas de los autores. Vidas marcadas por corrientes metafísicas, hambrunas y epidemias. Vidas que dejan su huella en el espíritu de los poemas.










