Desde que comencé El Rincón de la Crítica, allá por 2011, ha llovido sobre mojado. El blog surgió en un contexto histórico y filosófico distinto al actual. Corrían los tiempos de Zapatero y los indignados de Hessel. La gente estaba harta de la deriva democrática. Harta de unos representantes que no les representaban. La calle fue cubierta de millones de voces al unísono. Era el grito del enfado. De un enfado silencioso contra el descontento institucional. Ahí, en ese entorno turbulento, las redes sociales sirvieron como motor de cohesión y palanca de manifestación. Los blogueros éramos gente incómoda para el sistema. Lejos de mensajes fugaces, los blogs permitían una lectura sosegada y analítica sobre la realidad. Una lectura apartada de líneas editoriales ideologizadas. En ese paisaje surgió este proyecto que ustedes siguen desde hace años. Hoy, las bitácoras son una reliquia del pasado. Son como máquinas de escribir en un mundo de tabletas y ordenadores. Aún así, sigo escribiendo en estos pergaminos.
A lo largo de este tiempo, las redes sociales han sustituido a los blogs. El mundo de los blogueros ha pasado a la historia. Ahora, queridísimos amigos, están de moda los podcasts y los reels. En la sociedad de la imagen, la lectura se ha quedado para una minoría. Así las cosas, a veces me pregunto si tiene sentido seguir dentro de la comedia. Si antes escribir era una tarea con solera, ahora es una apuesta arriesgada. Las redes sociales han disminuido la distancia entre los de arriba y los de abajo. Sin distancia y sin presencia. Sin el “cara a cara”, la cercanía ha dado lugar a las faltas de respeto. Desde el sofá, el anónimo insulta y humilla al que destaca. Ahora, escribir no es otra cosa que meterse en problemas. Existe una crisis enorme de la intelectualidad. Por un lado tenemos a los "todólogoos", aquellos que opinan, de cualquier tema, en las tertulias de la tele. Y por otro, está el intelectual. Por intelectual entiendo aquel que no cobra por hablar sino que paga un precio por hablar. Es aquel que critica y dice verdades en un prado de mentiras.
Llegados a este punto, no tiene sentido que luche por un puñado de lectores. No tiene sentido que mi presencia alce la voz en las redes sociales. El ruido impide que aflore la nitidez. El ruido solo produce faringitis a quien grita para ser oído. De ahí que he realizado una apuesta suicida. Una apuesta para que este blog se convierta en un oasis en medio del desierto. Sin redes que amplifiquen su voz, el Rincón se convierte en un refugio para ovejas fosforitas. Ovejas, y valga la metáfora, que prefieren ir por libre en una senda huérfana de pastores. Esta apuesta necesita una comunidad lectora cohesionada y alejada del enjambre. Hace falta – por salud democrática – una masa crítica que exprese, desde el respeto y la tolerancia. Una masa, o dicho de otra manera, un mínimo necesario para que se active la palanca de "lo incómodo". Si no lo hacemos, corremos el riesgo de caer en una suma de millones de monólogos. Muerto el diálogo, la sociedad no es otra cosa que un conglomerado de anónimos incomprendidos. Un conglomerado de "mendigos de likes", que encuentran – en las redes sociales – el opio para sus vidas.










