Sin la irrupción de Donald Trump en La Casablanca otro gallo hubiese cantado en los aposentos de Sánchez. Mientras en EEUU, el republicanismo aboga por el mercado en detrimento del Estado, en la España socialdemócrata es justo lo contrario. De tal modo que, por coherencia ideológica, Sánchez y Trump son enemigos políticos. Esta condición dificulta que tengamos otra foto de las Azores. Y, al mismo tiempo, escenifica dos rivalidades dentro del tablero internacional. Un tablero que suscita alianzas simbólicas entre "países rojos" y "azules". Así las cosas, Pedro Sánchez se convierte en una pieza incómoda para el imperialismo americano. Su resistencia ante los avances del americano cambia las tornas del relato. No estamos ante un panorama similar a la Guerra Fría. Ya no hay una bicefalia entre un Occidente, liderado por EEUU, y un Oriente, capitaneado por la URSS. Ahora Occidente tiene ovejas díscolas en su rebaño.
El viaje de Sánchez, en plena controversia internacional, no responde – desde mi interpretación como politólogo – a ninguna casualidad sino a estrategia estatal. La foto de Pedro, por las calles del gigante asiático, ubica a España en la encrucijada. Por un lado, el presidente del Gobierno lanza un mensaje subliminal a Trump. Un mensaje, en forma de "oye que mi compañero de viaje es tu quebradero de cabeza". Si China coquetea con España, y viceversa, EEUU se convierte en prescindible para buena parte de nuestros intereses económicos. Las relaciones comerciales de nuestro país con China son muy superiores con respecto a América. Así las cosas, por sentido común, el viaje de Pedro al país de la muralla es lógico y fructífero. Aún así, hay quienes lo han criticado. Nunca, en política, llueve a gusto de todos. Da igual que lo que hagas que la crítica está asegurada. Mientras para unos es un viaje responsable, para otros – sin embargo – es un gasto de combustible y tiempo innecesario.
Pedro Sánchez, en su defensa del Estado por encima del mercado, no ha pasado por el aro americano. El líder socialista se ha convertido en el alumno díscolo de Trump. Un alumno que se atreve a incumplir los deseos del republicano en pro de los intereses que considera convenientes para su Estado. De tal modo que el presidente no ha cedido ante la subida del gasto militar. Ni tampoco ha apoyado la guerra contra Irán. El "No a la guerra" simboliza la desobediencia a los dictámenes del emperador. Y esa desobediencia tambalea y pone, contra las cuerdas, la partida internacional. Sánchez se convierte en un pacificador. Más allá de su función de presidente, estamos ante embajador que se mueve en un espacio "contraamericano". Y ese espacio es el territorio que lo sitúa en la popularidad constante. Una popularidad que se retroalimenta con los ataques del gigante. Ahora el debate no es otro que la duda sobre el efecto Sánchez en los años venideros.










