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De alquileres y elecciones

Ayer, cuando leí que había fallecido Maricarmen, me vino a la mente la imagen de una anciana desahuciada, sin piedad, por un fondo buitre. Entendí que el mercado es cruel y salvaje. No se tuvo en cuenta ni su edad ni su estado de salud. Lo único que importó fue el valor actual de su alquiler. Ante ello, el gobierno de Pedro Sánchez presentó dos decretos que fueron tumbados por las derechas (PP, VOX y Junts). Las derechas dijeron "no" a los "decretos Maricarmen". Y dijeron que no, ¡maldita sea!, porque barrían más para los inquilinos que para los rentistas y/o caseros. No, entre otros intereses, porque en su río abundan estos últimos. Y no porque es "políticamente incorrecto" ir contra la mano que te da de comer. Este desplante hacia los inquilinos quebrantó la confianza de Sánchez con sus socios de gobierno. Y acto seguido, por sentido común, el presidente convocó elecciones generales. Unas elecciones que algunos vislumbran como el fin del sanchismo y la llegada del feijóonismo.

Aun así, Sánchez ha aprobado los Reales Decretos modificados y lo ha hecho mediante el poder legislativo que le otorga la Constitución en casos de urgente, y extraordinaria, necesidad. Dos decretos que serán sometidos a la Diputación Permanente para su tramitación como ley ordinaria. Mientras tanto, Ayuso incita a los suyos a que "no voten por correo" y anuncia "Íntimo", un libro sobre su persona. Estamos, pues, ante dos cortinas de humo para que los acampados desacampen y el tema de la vivienda no sea el buque insignia de la campaña. Pero, fatalidades del destino, Maricarmen ha fallecido. Ha fallecido la mujer que simboliza la sinrazón de la vivienda. Fallece la anciana que fue desahuciada de forma inhumana ante la mirada de millones de rentistas y caseros. Hoy, la derecha, arremete contra Pedro y su pasividad en política de viviendas. Y lo hace, queridísimos amigos, tras vetar algo bueno para quienes, por cuestiones de precio, se ven obligados a vivir de alquiler. Jóvenes y, no tan jóvenes, que destinan más del sesenta por ciento de su salario al pago del alquiler. 

Feijóo ha prometido la construcción de más de un millón de viviendas. Esta promesa, que categorizo como populista y electoralista, encierra – para los entendidos en la materia – errores de calado. La política de vivienda es competencia del Estado, de las Comunidades Autónomas, de los ayuntamientos y de la iniciativa privada. No, el Gobierno no puede, aunque quiera, construir la friolera de un millón de viviendas sin pasar por la complejidad de las administraciones autonómicas y locales. Sánchez, sin embargo, ha ofrecido préstamos de 50.000 euros sin intereses para la entrada de la vivienda. Una medida real y posible por parte del gobierno. A pocas semanas para unas elecciones generales, la muerte de Maricarmen pone en valor una reflexión profunda sobre la dignidad humana. Y sobre dignidad deben versar las próximas elecciones. Más allá de la quiniela electoral y la calculadora parlamentaria, España debe decidir entre razón y salvajismo. Debe tomar conciencia de lo importante que es la política para estructurar lo cotidiano. Un mal paso puede arruinar el destino al mejor de los viajeros. 

Maricármenes

Ayer, cuando vi la Plaza Sol, me vinieron a la mente las imágenes del 15M. Corrían los últimos meses de Zapatero, cuando jóvenes y no tan jóvenes salieron a la calle de forma silenciosa y pacífica. Algunos todólogos, compararon aquel fenómeno sociológico con  el mayo francés. Los indignados de Hessel gritaban al unísono contra el descontento sistémico. Se quejaban, entre otras cosas, de la tasa de paro juvenil (que rondaba el 50%), el bipartidismo político (que no los representaba), el rescate a los bancos y la lacra de los desahucios. Hoy, una señora llamada Maricarmen ha encendido la llama del 15M. Su desahucio, a los 87 años, por un fondo buitre ha sido la gota que ha colmado el vaso. Ella, Maricarmen, representa un perfil sociológico que sufre "el querer y no poder" comprar una vivienda. Aunque estamos ante una Tasa de Actividad que roza el pleno empleo, el acceso a la vivienda se convierte en una quimera para millones de ciudadanos.

Hace cuatro años, en CaixaForum Madrid, impartí una conferencia sobre "la generación en crisis". Allí hablé de precariedad laboral y, sobre todo, del problema de la vivienda. Decía que, en un futuro no muy lejano, los jóvenes se verían obligados a salir a la calle. Hoy, aquellos pronósticos son una realidad. Aunque el derecho a una vivienda digna sea un derecho contemplado en la Constitución, el ejercicio de este – el alquiler o compra – se convierte en una aventura ardua. Los precios desorbitados de la vivienda, así como el de los alquileres, interfieren en la independencia de nuestros jóvenes. Tener un contrato fijo se ha convertido en una condición necesaria, pero no suficiente. El coste de la vida es tan alto que la generación de hoy está condenada a vivir peor que la de sus padres. Alquileres de ochocientos y mil euros al mes suponen más del sesenta por ciento de los ingresos particulares. Existe, por tanto, una indignación social contra esta sinrazón del mercado inmobiliario. Maricarmen no es un caso aislado, sino que representa a millones de ciudadanos que empatizan con su situación.

Más allá del "Decreto Maricarmen", el problema del alquiler pasa por los caseros y rentistas. El desequilibrio de un mercado imperfecto, donde la demanda triplica a la oferta, sitúa en una clara ventaja a los propietarios. Propietarios que, en lugar de depositar sus ahorros en otras alternativas de inversión, apuestan por el alquiler como prioridad. La rentabilidad que otorga un alquiler está en ventaja con otros activos financieros. Ahora bien, lejos de este negocio, la vivienda es un derecho que debe proteger el Gobierno. Tal y como decía Keynes, el Estado debe intervenir ante los fallos o errores del mercado. Y en este caso, el marcado inmobiliario se comporta como si fuera un capitalismo salvaje de sálvese quien pueda. De ahí que existan precios abusivos que rinden a una cultura de subasta. Así las cosas, el Estado debe poner freno a esta burbuja que favorece a los rentistas y perjudica a los inquilinos. Hace falta que se construyan viviendas de protección oficial y se aumenten las ayudas al alquiler. Se debe poner freno a la especulación. Y para ello, se necesita un Pacto de Estado por la Vivienda (PEV) que desarrolle directrices en política de vivienda. Directrices, como digo, que vayan más allá de los intereses partidistas y territorialistas. 

Tabula rasa

El folio es la metáfora de una nada que necesita ser llenada. Delante de la página en blanco, somos seres que temen por la inmediatez de su desnudo. El folio es una alcoba inundada de secretos. En él, queda impregnada la mirada desde lo alto de la cima. Hoy, en la era digital, el papel se ha convertido en un enfermo terminal. En vísperas de su funeral, hablan los escribas desde la Antigüedad. En el folio, quedan grabados los diálogos entre don Quijote y Sancho Panza. A través de los bolígrafos, las ideas del literato han conquistado las fibras de celulosa. Bolígrafos azules y negros. Bolígrafos de tinta china y bolígrafos de gel. Bolígrafos que han escrito epopeyas, manifiestos, odas y novelas. Y gracias a ellos, hoy millones de libros aguardan en las estanterías de las bibliotecas. El siglo XXI llora la decadencia del papel. Las pantallas sustituyen, poco a poco, al pensamiento rectangular. Mientras escribo, me vienen a la mente momentos de angustia ante la blancura del papel. Momentos donde la escritura se convierte en un refugio en medio del huracán. Y en ese instante es cuando las palabras traducen los estados interiores.

Delante del folio, observo un trozo de nada en medio de un estruendo. Lo miro y noto sensaciones que recorren los surcos de mis venas. El folio, sin letras ni garabatos, se convierte en un huerto sin árboles. Su funcionalidad reside en su contenido. Y su contenido no es otro que una provocación ante los ojos de los otros. La escritura es un oficio de valientes. El escritor expone su pensamiento ante un futuro incierto. Tras el escrito, no hay retrocesos ni lamentos. Detrás de los renglones existe un sabor insípido en las vísceras de Manolo. Escribir es como dar patadas a las piedras. A piedras que impactan contra lunas o caen en el silencio de la arena. Nunca se sabe, a ciencia cierta, el efecto de las palabras. Uno escribe desde su posición ante el mundo. Sin verdad en el camino, solo quedan perspectivas infinitas. Muerta la verdad, el folio se convierte en una ventana hacia el mar. En el folio yacen amores clandestinos, memorias de un soldado y las invenciones de Juan. Leo y huelo el aroma del papel. Un aroma que se envuelve con el sabor a café. En la lectura, empatizo con ese otro que escribió desde su patio interior. Intento comprender su otredad y, en ese intento, siento el escozor de sus heridas.

Escribir implica un ejercicio moral. Supone un compromiso con la verdad y una responsabilidad ante las heridas ajenas. El escritor debe ser respetuoso con la realidad. El bolígrafo adquiere cientos de funciones cuando invade el papel. Hay bolígrafos que escriben como cuchillos y otros que recetan curas para enfermedades. Los hay que han ocasionado transformaciones sociales y declaraciones de paz. En el despacho, yacen bolígrafos sin tinta. Bolígrafos que vaciaron sus depósitos en rectángulos equivocados. Rectángulos, u hojas de papel, que sufrieron la invasión de mentes enturbiadas por el ruido de sus vidas. Son folios, maldita sea, que sirvieron a Juanito para hacer aviones de papel. Decía Jacinto, un señor que frecuentaba El Capri, que siempre regalaba hojas de papel. Regalar folios en blanco, me comentaba, supone obsequiar con libertad. Una libertad que solo se puede regalar en lugares inmersos de democracia. Ante ese folio, Clara goza de su libertad. Clara deja rienda suelta a su pensamiento. Ahora ella es un ave que vuela por sus prados interiores. Vislumbra sus placeres reprimidos. Mira sus sueños. Sueños vistos a través de sus ojos de águila.

Gigantes de hojalata

Leo el informe PISA y me vienen a la mente recuerdos de mis años juveniles. Tras abandonar los estudios, mi vida transcurrió entre barras y garitos. La revista Súper Pop se convirtió en mi lectura preferida. En la mesa del salón aguardaban decenas de ejemplares que hoy, casi cuatro décadas después, yacen apiladas en el trastero de la memoria. En aquellos años, consumía las horas jugando a videojuegos en el  Amstrad CPC. Fueron tantos meses delante de la pantalla que perdí gran parte de la capacidad lectora. Me costaba, la verdad sea dicha, leer dos párrafos seguidos. Y cuando lo conseguía, no entendía lo que leía. En la vida cualquier destreza necesita ensayo y disciplina. Mientras escribo, miro de reojo las cartas que escribí a mi primo cuando prestaba servicio en los Regulares de Melilla.  Cartas repletas de faltas de ortografía, renglones torcidos, y letra ilegible. Cartas, queridísimos lectores, que son el testimonio vivo de un adolescente que soñaba con la nada. 

Hoy, con cuatro grados en la mochila, todavía me duelen las heridas de las pantallas. Ensimismado en el mundo de los videojuegos, perdí trenes con destino a paraísos idílicos. Perdí ferrocarriles, como digo, repletos de vidas con sentido. Mi vida era como una brújula rota en medio de un laberinto. Recuerdo, el estruendo de la metralla en un prado de marcianos. Un prado similar a la vida de un perro pulgoso en un rincón palaciego. Mientras escribo, veo la angustia que sufrí en la senda del encuentro. Desde el desierto, añoraba la hierba  que envolvió las torpezas de mi infancia. Ese niño brillante, con gafas de pasta y granos en la cara, se convirtió en un trozo de hojalata por culpa de las pantallas. Las pantallas asesinaron a ese león de libros que leía el Quijote hasta altas horas de la madrugada. Un león que quiso ser alguien en la ínsula Barataria, pero quedó atrapado en una jungla de miedos y temores. Hoy, desde la ventanilla del AVE, veo gigantes en los secarrales de Castilla. Quién te ha visto y quién te ve.

España sabe leer, pero no sabe lo que lee. El progreso técnico – el boom de las redes sociales, la IA y los videojuegos – no camina paralelo al progreso cultural. No, el avance tecnológico no ha traído más cohesión social sino más desintegración. La "marca personal" ha sustituido a la comunidad. Esa pérdida del "nosotros" ha suscitado una sociedad del "sálvese quien pueda". Los libros, sin embargo, narran historias basadas en grupos y dilemas morales. Las tramas se desarrollan en paisajes geográficos y humanos. Esas narraciones no se corresponden con el individualismo real. Ensimismados en las pantallas, los jóvenes viven en sus mundos interiores. Viven para la creación de su avatar y, en ese menester, pierden la noción de complejidad. Desde su isla, construyen sus casas imaginarias. Sin salir a la intemperie, no conocen la magnitud de la barbarie, ni siquiera la paz de un diálogo sosegado. De ahí que lean y no comprendan porque leer implica empatía con otras formas de vivir. La vida aislada impide la mirada de pájaro que necesitan las humanidades. Es urgente que surja un renacimiento juvenil. Un renacimiento de las relaciones, con el mundo, más allá de las pantallas. 

Ceuta y la sombra del Leviatán

Aquella noche, El Capri estaba repleto. Peter volvía de Francia, en su Seat 127, con una mochila cargada de ilusiones. Corría septiembre de 1990 y Duncan Dhu tocaba en Rafal, un pueblo vecino del mío. En aquellos años, la gente fumaba. Fumar era como un gesto de hombría frente al público femenino. Recuerdo que Manolo hacía aros con el humo del Ducados. En España gobernaba la izquierda. Felipe González hablaba de Europa en la Maestranza de Sevilla. La derecha estaba asociada con hombres antiguos. Hombres con barrigas prominentes que recordaban a los clérigos medievales. España quería vivir o, mejor dicho, "no perderse nada" como diría un adolescente. En El Capri, emborrachaba mis penas con vasos de tequila. Quería huir, por un momento, de mis miedos y temores. Hoy, leo a Schopenhauer y veo – en su reflejo – la huella de mi pasado. Mientras escribo este artículo, Diana aguarda en el salón para que la saque a la calle. 

Por la televisión, veo como varios todólogos comentan las imágenes de Ceuta. Son señores que hablan como si fueran sofistas en el ágora de Atenas. Desde el plató, todos son soluciones fáciles ante problemas complejos. Mientras veo el debate, reflexiono sobre los hechos. Me vienen a la mente, asignaturas de sociología y de ciencia política. Recuerdo la lectura sobre El choque de civilizaciones de Huntington y la Alianza de las cotizaciones que defendía Zapatero. Existen derechos naturales que nos igualan como humanos, pero existe – a su vez – contrastes culturales que nos enfrentan como especie. Somos, como diría un divulgador científico, una comunidad de células culturales que interactúa con el medio para sobrevivir. Esa comunidad defiende, como cualquier animal, su territorio. De ahí que Ceuta, en estos momentos, sea un territorio ocupado por seres semejantes y con culturas diferentes. Tales seres tienen sed y hambre. Son seres que deambulan por la intemperie y duermen bajo las cornisas de la barbarie.

Mientras escribo, me viene a la mente El señor de las moscas de William Golding. Observo como el intento de organizar una sociedad civilizada fracasa y deriva en salvajismo y crueldad. En el estado de naturaleza, el hombre era un animal que protegía su espacio. El contrato social sirvió para realizar la transición hacia el Estado Civil. Thomas Hobbes defendió el Leviatán, un ser que ostentando el monopolio de la fuerza garantizase la paz y el orden. Ceuta se ha convertido en una ciudad fallida. El paso del orden al desorden tira por la borda las proclamas anarquistas. El hambre y el calor no entienden de racionalidad. No hay Ilustración que valga cuando las tripas suenan ante la ausencia de comida. La paz perpetua, que defendía Kant, falla cuando no existe solidaridad internacional. Ante esta situación, Sánchez se halla en la encrucijada. Por un lado, las CCAA miran para otro lado mientras Ceuta sufre los efectos de la "invasión". Por otro, las derechas arrojan todo su arsenal contra el presidente ante la llegada de elecciones. Por la calle, Diana ladra a los otros cuando invaden su territorio. 

Sota, caballo y rey

Aquella noche, El Capri estaba repleto. Corrían los años noventa y Alaska sonaba fuerte en el platillo de la izquierda. Solo, y sin ningún perro que me ladrara, leía El País entre sorbos de café. En aquellos años, mi cabeza daba vueltas como una noria en un parque de atracciones. Me inquietaban temas oscuros como la muerte y el devenir. Preocupado por el día de mañana, soñaba con una vida tranquila, pero rica en saberes y menesteres. Recuerdo, con dificultad, una columna que leí sobre la memoria. Aunque nunca he sido nostálgico, el tiempo es mi bien más preciado. Somos un segmento de vida dentro del universo. Un segmento que, tarde o temprano, desaparecerá y afectará a los otros. Aunque no soy psicólogo, pienso, como filósofo, conexiones que, basadas en la lógica, explican nuestro misterio. En aquella columna, leí que la memoria guarda relación con el contenido que nutre los sentidos. A lo largo de la vida, millones de imágenes se cruzan en nuestro camino. De esas, unas pocas se aposentan en el trastero. 

Lo urbano es un obstáculo al recuerdo. Mientras camino por mi barrio, me vienen a la mente inmuebles que existían antes de los presentes. Lo que ahora es la Casa de Cultura, antes era un cine, pasando por un solar urbano y terminando con un bancal de patatas. Existe una huella material que determina los recuerdos. A más solapamientos, más dificultad para el recuerdo. De ahí que los arqueólogos busquen tesoros ocultos en el presente. El paisaje y sus mutaciones contribuyen al olvido. Y lo mismo pasa con los momentos vividos. Una vida repleta de historias, anécdotas y vivencias impide un recuerdo nítido. Sin embargo, una vida plana y vacía de contenido invita a un recuerdo rico en matices. Antes, me cuenta Gregorio, la mayor hazaña de un hombre no era otra que su año en la mili. Las vidas transcurrían entre pocos momentos. Los momentos claves eran, básicamente, el día de la boda y el nacimiento de los hijos. No se celebraban, como ahora, los días de cumpleaños. Ni siquiera, la gente coleccionaba viajes ni escapadas. No existían las fiestas por jubilaciones, ni siquiera las Baby Shower. Ni tampoco, las graduaciones de fin de curso. No, la vida era sota, caballo y rey.

La memoria necesita emoción para la fijación de los recuerdos. Y hoy, en sociedades exageradamente emocionales, la gente colecciona momentos basados en el afecto. Son tantos momentos que muchos terminan en el olvido. Así, Manolo no recuerda a ciencia cierta si la celebración de sus cuarenta fue en Murcia o en Alicante. Y no lo sabe porque todos los años colecciona el momento de su cumpleaños. No estoy haciendo una crítica a las celebraciones, faltaría más, sino una reflexión sobre las crisis de memoria. La vida, dice el eslogan, "son momentos". Y es, precisamente, ese estribillo el que nutre al capitalismo inmaterial. Viajar se ha convertido en una obligación. Las vidas se comparan a través del escaparate. El escaparate no es otro que las redes sociales. Así, "si él viaja, yo también". Todo sea por la exhibición de momentos. Tantos que las RRSS nos los muestran para que los volvamos a mostrar. Vivimos esclavizados a un carrusel de momentos efímeros: Vacaciones, celebraciones y demás, que ilustran una vida llena, pero superficial. 

Patios interiores

Desde que falleció Inés, la casa no es igual. Su voz inundaba los espacios de silencio. Todas las noches, a eso de las diez, ambos veían First Dates. Lo veían tapados con una manta y una taza de café. A veces, ambos se quedaban dormidos en el sofá hasta el amanecer. Sin despertadores, ni obligaciones, así disfrutaban de la vejez. Inés trabajó, durante su juventud, como empleada de hogar en la casa de un juez. Allí, cocinaba y planchaba las camisas. Camisas de popelín y hechas a mano por un sastre francés. Jacinto, por su parte, trabajó de mecánico en la Citroën de París. En aquellos años, a veces ni se veían para comer. Las prisas del día a día, dejaba poco margen para un diálogo sosegado. Siempre soñaban con la jubilación. Todas las mañanas, Jacinto desayuna con la foto de su mujer. La mira y le habla como si viviera con él. A los ochenta y cinco años, cambian los valores. La salud y la compañía se convierten en el bien más preciado.

Cada día, mientras paseo a Diana, me suelo cruzar con Jacinto por la calle. Lo veo cabizbajo y apagado. Ya no es aquel señor, de pelo blanco, que gesticulaba con las manos cuando caminaba con Inés. Ahora, sus pasos son cortos y pausados. La vida, me comenta, es un viaje hacia la quietud. Hijo del franquismo, recuerda cuando a su padre lo mataron. Tocaron a la puerta, preguntaron por él, y lo metieron en un coche. A los pocos días, el cuerpo de su padre fue hallado por Andrés, un agricultor que vivía en el camino de Rosales. Sin hermanos, Jacinto vivió al acecho de su madre. Su madre – la tía Juana – sacó a su hijo adelante. Sin saber leer ni escribir, trabajó como temporera en la huerta alicantina. Su jornal le daba escasamente para comer. Los domingos, él y su madre salían a espigar. Espigar no era otra cosa que coger los desechos de los bancales. Así, en un bolso de esparto, echaban patatas podridas, limones y restos de perejil. Por las noches, la tía Juana remendaba los calcetines y pantalones. Pantalones grises y marrones que ilustraban la España oscura de los tiempos del caudillo.

Mientras hablo con Jacinto, intento empatizar con su época. En los libros de historia no se huele el hambre, ni se oye la metralla de los campos de batalla. No, en los pergaminos, no se siente el aliento de los pobres ni los gritos de los huérfanos. La historia, sin el testimonio vivo de sus sufridores, es fría como las noches de enero. A través de los libros, la historia es rica en razones, pero huérfana de emociones. Lo mismo pasará con nuestros nietos cuando se asomen a nuestro tiempo. Estudiarán el siglo XXI, pero lo harán con subrayadores y mapas conceptuales. Verán a los viejos como los veíamos nosotros cuando éramos adolescentes. La vida avanza sin prisa, pero sin pausa. Avanza hacia la única verdad que duele porque no nos traiciona. Diana me mira, quiere disfrutar del olor que desprenden los bordillos. Le gusta sentir como el aire peina su hocico. Enfadada con el mundo, ladra a cualquier perro que se cruza en su camino. Ella, maldita sea, no sabe que vive. Ni siquiera sabe que algún día morirá. Ni tampoco sabe que ha nacido. Ella, simplemente, vive.

Cartas al cajón

Hace años, hice un trabajo sobre la Guerra Civil. A través de este, entrevisté a decenas de octogenarios que vivieron, en primera persona, los tiempos de la contienda y el franquismo incipiente. Eran – como llamamos los sociólogos – "historias de vida" que, basadas en la subjetividad, arrojaban luz a la memoria histórica. Con una grabadora, de los años ochenta, frecuenté Hogares del Productor y Casas del Pueblo. Todavía guardo en un cajón aquellas grabaciones. Entre los testimonios, recuerdo el de Gregorio, un periodista de la República. Tras la llegada del caudillo, emigró a Venezuela. Sus artículos – firmados con las iniciales G.M.I. – fueron censurados y tachados de "rojos". Le doy al "play" y escucho, atentamente, su testimonio. Con voz calmada, reflexiona sobre el riesgo de los escritores a lo largo de la historia. Una cosa es "ser lector" y otra, muy distinta, "ser escritor". El escritor arriesga su vida por sus ideas. Se expone mediante su pluma a la crítica ajena y las represalias futuras. El escritor es un "valiente desnudo" en medio de un campo de vestidos.

Tras la llegada de Franco, Gregorio no tuvo escapatoria. Sus escritos hablaban de democracia, urnas y libertades. Crítico con la monarquía, vivió feliz durante los tiempos de la República. Compartió sus escritos con sus clases de geografía en las aulas de Salamanca. A Sócrates lo acusaron de pervertir las mentes de los jóvenes. Lo acusaron por criticar los tentáculos del sistema. Tanto es así que Trasíbulo lo castigó a beber cicuta en la plaza pública de Atenas. Lo mismo ocurrió con miles de rojos republicanos. Nuestra cicuta no fue otra que el exilio. Exiliado en Venezuela, allí se ganó la vida como recauchutador en un taller de Caracas. Todavía recuerda el olor a caucho quemado y los montones de neumáticos gastados cubiertos de hollín. Por las noches, escribía "cartas al cajón". Así tituló a los cientos de textos que acompañaron su nostalgia por los tiempos letrados. Me confesó que sentía envidia por los lectores. Ser lector no conlleva tanto riesgo. Su hermano, tras llegar el caudillo, quemó decenas de ejemplares del Heraldo de Aragón. Tenía miedo a que los "señores del paseíllo" descubrieran el pastel y lo encerraran en Foncalent.

Gregorio abandonó a su familia. En una época sin móviles ni Internet, el exilio era un castigo con el látigo del olvido. Atracado, en el seno de Caracas, perdió la foto de sus padres. Tras la vuelta a España, compró dos ramos de claveles y crisantemos. Dos ramos que colocó a cada lado del nicho. En la Casa del Pueblo – envuelto de olor humo y copas de anís – juega al ajedrez. Piensa y repiensa antes de mover la ficha. "Antes de mover un pie, piensa atentamente dónde moverás el otro", me cuenta. Nunca abandonó su lado periodístico. Durante la grabación, habla con un registro culto. Utiliza un lenguaje denotativo, irónico y mordaz. Un lenguaje rico en adjetivos y dinamita verbal. En aquellos tiempos – cuando lo entrevisté – gobernaba Felipe, un presidente que no era santo de su devoción. A Gregorio no le gustaban las mayorías absolutas porque se parecen a las dictaduras. Nostálgico de Suárez, defendía con uñas y dientes a los hombres de Estado. Creía en la democracia alemana. Tenía claro que España no era una patria cualquiera. Hablaba de las Españas y las patrias chicas. 

  • SOBRE EL AUTOR

  • Abel Ros (Callosa de Segura, Alicante. 1974). Filósofo, sociólogo y politólogo. Finalista Premios Internet 2024. Libros publicados:  «El Pensamiento Atrapado» y «Desde la Crítica».
    [email protected]

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