Desde que falleció Inés, la casa no es igual. Su voz inundaba los espacios de silencio. Todas las noches, a eso de las diez, ambos veían First Dates. Lo veían tapados con una manta y una taza de café. A veces, ambos se quedaban dormidos en el sofá hasta el amanecer. Sin despertadores, ni obligaciones, así disfrutaban de la vejez. Inés trabajó, durante su juventud, como empleada de hogar en la casa de un juez. Allí, cocinaba y planchaba las camisas. Camisas de popelín y hechas a mano por un sastre francés. Jacinto, por su parte, trabajó de mecánico en la Citroën de París. En aquellos años, a veces ni se veían para comer. Las prisas del día a día, dejaba poco margen para un diálogo sosegado. Siempre soñaban con la jubilación. Todas las mañanas, Jacinto desayuna con la foto de su mujer. La mira y le habla como si viviera con él. A los ochenta y cinco años, cambian los valores. La salud y la compañía se convierten en el bien más preciado.
Cada día, mientras paseo a Diana, me suelo cruzar con Jacinto por la calle. Lo veo cabizbajo y apagado. Ya no es aquel señor, de pelo blanco, que gesticulaba con las manos cuando caminaba con Inés. Ahora, sus pasos son cortos y pausados. La vida, me comenta, es un viaje hacia la quietud. Hijo del franquismo, recuerda cuando a su padre lo mataron. Tocaron a la puerta, preguntaron por él, y lo metieron en un coche. A los pocos días, el cuerpo de su padre fue hallado por Andrés, un agricultor que vivía en el camino de Rosales. Sin hermanos, Jacinto vivió al acecho de su madre. Su madre – la tía Juana – sacó a su hijo adelante. Sin saber leer ni escribir, trabajó como temporera en la huerta alicantina. Su jornal le daba escasamente para comer. Los domingos, él y su madre salían a espigar. Espigar no era otra cosa que coger los desechos de los bancales. Así, en un bolso de esparto, echaban patatas podridas, limones y restos de perejil. Por las noches, la tía Juana remendaba los calcetines y pantalones. Pantalones grises y marrones que ilustraban la España oscura de los tiempos del caudillo.
Mientras hablo con Jacinto, intento empatizar con su época. En los libros de historia no se huele el hambre, ni se oye la metralla de los campos de batalla. No, en los pergaminos, no se siente el aliento de los pobres ni los gritos de los huérfanos. La historia, sin el testimonio vivo de sus sufridores, es fría como las noches de enero. A través de los libros, la historia es rica en razones, pero huérfana de emociones. Lo mismo pasará con nuestros nietos cuando se asomen a nuestro tiempo. Estudiarán el siglo XXI, pero lo harán con subrayadores y mapas conceptuales. Verán a los viejos como los veíamos nosotros cuando éramos adolescentes. La vida avanza sin prisa, pero sin pausa. Avanza hacia la única verdad que duele porque no nos traiciona. Diana me mira, quiere disfrutar del olor que desprenden los bordillos. Le gusta sentir como el aire peina su hocico. Enfadada con el mundo, ladra a cualquier perro que se cruza en su camino. Ella, maldita sea, no sabe que vive. Ni siquiera sabe que algún día morirá. Ni tampoco sabe que ha nacido. Ella, simplemente, vive.










