El hantavirus abre las heridas del coronavirus. Seis años después de la pandemia, vuelven las sombras del ayer. El miedo ante una nueva epidemia nos sitúa ante el eterno retorno de Nietzsche. La peste de Camus guardó paralelismos con la Covid-19. El confinamiento, la mascarilla y la sospecha por la infección del otro activaron las mismas angustias que la fiebre española. La humanidad responde a un cúmulo de instantes que nacen y mueren en un fuego incesante que se enciende y apaga en el horizonte del devenir. Así las cosas, las vidas reproducen estructuras semejantes. Estructuras, como les digo, ensambladas por instantes repetidos. Las enfermedades, el trabajo y el ocio, por ejemplo, responden a secuencias y protocolos similares. La anatomía del dolor es atemporal. Un dolor que se repite y nos recuerda nuestra eterna fragilidad. Los medios de comunicación sirven al instante. Reproducen, y amplifican, las noticias. Noticias que no son otra cosa que momentos repetidos a lo largo de los siglos. Por mucho que las presenten como acontecimientos extraordinarios y de interés social. Cualquier noticia – asesinatos, terremotos, cambios políticos, pandemias y celebraciones – ha tenido su "copia esencial" en diferentes épocas del pasado.
La repetición forma parte de la vida. Y en ese ciclo, las etapas nacen y mueren en un constante presente. El hijo se convierte en padre. Y desde su nuevo rol, contempla a su hijo en un mismo instante. Un instante que junta generaciones en diferentes momentos del retorno. Estamos ante un presente que se convierte en "bola de nieve". Un presente que nace y muere en un devenir incesante. Muerto el horizonte, Manolo transita sobre un camino de paisajes repetidos. Un camino sin destino. En ese "sin destino", la vida se convierte en mero tránsito sin introducción ni desenlace. Su muerte será un instante repetido. Una muerte que reproducirá los esquemas de su instante. Y en esa reproducción surge la angustia en los humanos. El eterno retorno provoca sufrimiento ante el conocimiento del suceso. De ahí que la mente se prepara para resistir ante los avatares de la repetición. Se prepara, como digo, para mitigar los daños del instante. En el viaje, el viajero conoce las piedras del camino. Sabe, por cientos de caminantes, que – en ciertos lugares – hay serpientes y charcos deslizantes. Conoce de atacantes y malhechores en lugares clandestinos. Conoce el histórico de accidentes en distintos puntos kilométricos. Conoce las vistas hacia lugares bellos como amaneceres y atardeceres. La sabiduría del viajero no es otra que la mirada del veterano ante la vida. De ahí que el envejecimiento sea una aventura hacia las tripas del instante. De un instante que reproduce los momentos vitales en millones de cuerpos similares.
Cuando el tiempo es cíclico, la vida no es otra cosa que un cúmulo de consecuencias predecibles. El ser humano vive en continua consecuencia. Y en la consecuencia surgen los lamentos por la temeridad ante al instante. El humano sufre porque, pese a saber la derivación de sus acciones, comete errores. El eterno retorno no es otra cosa que la personalización de la advertencia. En la advertencia, la sociedad vive en una encrucijada entre vivir sujeto a lo previsible o crear un destino imaginario. Muerta la linealidad y encarcelados en el instante, el ser humano se encuentra con su animalidad. Se encuentra con ese mamífero territorial que defiende el espacio en su lucha por la supervivencia. Esa lucha por vivir se convierte en el instante compartido con el resto de animales. Estamos, por tanto, determinados por un sistema natural que une a las especies en el eterno retorno. El cruce de los instantes sirve para que tomemos conciencia de la repetición. De ahí que el instante del viejo se cruza con el joven. Y en ese cruce, el joven sufre el síndrome de la predicción ante las arrugas del otro. Esa toma de conciencia hace que muchos sufran ante la llegada de ese instante. Un instante que tarde o temprano llegará. No existe escapatoria ante el bucle vital. Ante esta privación de libertad, el ser humano activa la nostalgia ante momentos cadavéricos. Recrea su vista en el álbum de fotos. El álbum es la prueba del eterno retorno. Ahí es donde residen las brasas de un fuego incesante. Un fuego que simboliza la vida frente a la quietud de la muerte.










