A lo largo de los siglos, la filosofía ha tratado el problema de lo real. Desde Parménides hasta Nietzsche, nos hemos preguntado acerca del objeto. Kant, pensador del siglo XVIII, decía que el noúmeno – la cosa en sí – no se podía conocer. Hay tantos mundos como mentes en el mundo. Esta subjetivación de lo real supuso un giro en el arte del conocer. Ahora es el sujeto quien manda sobre el objeto. Ahora es Manolo – y valga el ejemplo – quien, gracias a su entendimiento, conoce y pone nombre a la "mesa". Hoy, la Inteligencia Artificial (IA) supone un reto para lo real. Las imágenes generadas por "el aparato" son tan perfectas que nos recuerdan a las ideas de Platón. Son imágenes extraídas del "mundo natural" y adulteradas por un "hacedor". Ahora demiurgo es el programador. Un programador que ha fabricado un "programa creador". Un programa, como les digo, que vive gracias a una imperfección. Una imperfección – la IA – que bebe de las fuentes habitadas en los vertederos de la información.
En tales vertederos, el "aparato" construye sus relatos y los pone al servicio de cualquiera. Un "cualquiera" que complementa su sabiduría mediante una relación sadomasoquista. Se establece una relación de amo – "el usuario de la IA" – y su esclavo – la IA -. En esa relación, uno manda y el otro obedece. Una obediencia que, tarde o temprano, se convierte en un síndrome de Estocolmo o, mejor dicho, en una relación de amor entre secuestrado y secuestrador. Mientras tanto, las bibliotecas lloran la muerte de los "buscadores tradicionales de información". Una muerte que, día tras día, cambia las tornas del conocimiento. Un conocimiento desprovisto de esfuerzo y con exceso de riesgo. La IA se convierte en el nuevo especialista y personal de confianza. En su registro, cabalgan millones de chats sobre problemas existenciales, corporales y jurídicos, entre otros. El "nuevo amigo" sustituye los tentáculos de la lealtad. Ahora, Manolo se refugia en ese "rectángulo" que le roba tiempo y genera adicción.
La IA nos sitúa ante miles de realidades paralelas. Las imágenes son tan válidas que resulta complicado desvelar lo que su verdad esconde. Y lo que esconde no es otra cosa que la reconstrucción artificial. Una reconstrucción hecha con retales de la realidad. Retales que gozan de credibilidad y que, en ocasiones, son difíciles de desmontar. Y ahí, estimados lectores, es donde necesitamos, más que nunca, a la "madre de las ciencias". Ahí es donde la filosofía cumple una función necesaria y urgente. Solo mediante el pensamiento crítico podemos luchar contra los efectos del progreso. Un progreso, en este caso la IA, que necesita mentes desconfiadas para separar el trigo de la paja. Esta solución es complicada de conseguir. La IA provoca una desintelectualización progresiva que impide la seguridad del andamiaje. A más uso del "aparato", menos necesidad del "pensamiento". Esta correlación, inversamente proporcional, entre "no pensar" y "pensar" arroja un saldo nefasto para el futuro. Estamos ante un panorama desolador para la evolución de nuestra especie. Un panorama que activa el camino hacia la desintelectualización artificial y, por tanto, la deshumanización. No dejemos que suceda.










