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Sobre vida y eutanasia

Esta semana, como saben, Noelia Castillo ha acaparado las portadas de los principales medios nacionales e internacionales. Días antes de morir, Sonsoles Ónega emitía una entrevista con ella. Un diálogo que ha reabierto el debate sobre la eutanasia. En España, la eutanasia es un derecho. Un derecho, como digo, sujeto a una serie de requisitos. Noelia, los cumplía. Y los cumplía a pesar de los recursos, interpuestos por su padre, para impedir el triste desenlace. Decía Nietzsche que el paso del mito al logos fue el paso del mito a otro mito. Los filósofos crearon "mundos verdaderos". Mundos o "más allá" donde residían las esencias y las perfecciones. Esta creación de ultramundos no fue otra cosa, diría el Nietzsche, que la cobardía para afrontar la auténtica verdad. Y la auténtica verdad no es otra que la muerte. Tarde o temprano, todos moriremos. Decía Aristóteles, en su famoso silogismo, que "todos los hombres son mortales, Sócrates es un hombre, luego es mortal". Así las cosas, la muerte del otro tarde o temprano será también la nuestra.

El ser humano es un animal inteligente. Un Homo Sapiens Sapiens consciente de su vida. Somos el único mamífero consciente de que ha nacido y consciente de que algún día morirá. Y "mientras tanto", mientras llega el día, ese Cromagnon se convierte en Homo Faber, un productor que necesita trabajar para cubrir sus necesidades vitales. Y en ese trabajo, que elige libremente y dentro de las estructuras de un mercado en las sociedades capitalistas, construye su ser. Un ser – carpintero, ingeniero, labrador… – que vive angustiado por la incertidumbre de su final. De tal modo que la vida se convierte en una pared que se mueve hacia nosotros. Y ese movimiento no es otro que el tiempo o la cuanta atrás de la morada. Una morada que nace muerta desde el minuto uno de su llanto. Nosotros, "los sapiens", aparte de biología disponemos de biografía. Nuestra existencia eclipsa a nuestra esencia. Aunque todos estamos hechos de carne y hueso, no hay dos humanos iguales. Cada uno – Manolo, Pedro, Eugenia y Gabriela, entre miles de millones – somos únicos e irrepetibles. La deriva genética junto con la toma de decisiones causan las biografías.

La Ley de la Eutanasia permite poner fin a esa experiencia única e irrepetible que es la vida. Y Noelia Castillo ha ejercido su derecho. Un derecho, faltaría más, respetable aunque suscite controversia y debates paralelos. Debates a favor y en contra de una decisión íntima, legal y madura. El dolor, ante el daño físico y psicológico, no se puede medir con un metro. Nos lo podemos imaginar a través de la empatía. Ahora bien, nunca sabremos hasta dónde duele la herida en el cuerpo ajeno. Hay tantas vidas como personas en el mundo. Y cada vida viene cargada de problemas. Unos más drásticos que otros pero, al fin y al cabo, incomodidades que tambalean las zonas de confort. Y entre esas incomodidades, algunas no se curan con el paso de los años. Ni siquiera con el mejor de los fármacos, ni con el mejor facultativo. Son avatares que impiden el sosiego del espíritu. La eutanasia es un derecho que pone fin al sufrimiento. Un sufrimiento ante el dolor y la enfermedad irreversible. El paciente decide. Decide ganar o peder. Por un lado, gana ante el dolor y el sufrimiento. Por otro, pierde ante la oportunidad de vivir a pesar de su dolencia.

Rodajas de limón

Corrían los años noventa y mi vida era un cúmulo de fracasos y derrotas. Sin oficio ni beneficio, los días pasaban inundados de copas de tequila. El horóscopo se convirtió en mi lectura preferida. El Capri pasaba por sus mejores momentos. Peter sabía cómo atraer gente a la pista del garito. Aquella noche, la barra estaba repleta. En los taburetes del fondo, Manuela hacía aros con el humo del Ducados. Jacinto, el barrendero, leía el Marca mientras saboreaba el carajillo. La música de Loquillo ponía el broche a los amores clandestinos. Amores de barra entre casados y casadas. Amores renacidos de fuegos apagados. En aquellos años, mi cara era un mosaico de espinillas. Espinillas que testificaban la efímera primavera. Detrás de la timidez se escondía un soñador de castillos en el aire. En la Telefunken, Felipe González hablaba de Europa en la plaza de toros de Valencia. España era diferente a la que hoy acostumbramos.

Eran tiempos analógicos. Tiempos sin móviles en los bolsillos, sin Internet en las pantallas y sin coches electrificados. La gente se comunicaba por teléfonos cableados o cara a cara. Por las calles, los niños jugaban a la pelota. Recuerdo aquellas dos piedras que servían de porterías. Existía una fraternidad que hoy se ha perdido. Se ha perdido el "buenos días" por la mañana. Se han perdido los dos besos en la mejilla. Y se ha perdido, maldita sea, buena parte de la cortesía. Ni mejores ni peores sino tiempos diferentes. En aquellos años, no teníamos redes sociales. Las redes sociales eran los bares y los mentidores de la calle. El “boca y oído” fue el algoritmo para el común de los mortales. "¿Te has enterado de?" y, a partir de ahí, decenas de rumores corrían por las tripas de los pueblos. Rota la comunidad, ahora manda el "sálvese quien pueda". Vivimos tiempos de vigilancia permanente. Existe un "Gran Hermano" que nos mira y oye allá por donde vamos.

En El Capri, encontraba una bocanada de aire fresco ante la polvareda de mi vida. Allí, las horas transitaban entre litronas y el placer de las caladas. Una noche, solo en la barra y sin ningún perro que me ladraba, se me acercó Francisca, la mujer del fontanero. Fumadora hasta las trancas, me preguntó si llevaba fuego para encender su pitillo. Sentados en el taburete, hablamos hasta el amanecer. Hablamos de amores perros y ladridos callejeros. La vida – me decía – es un momento. Para unos largo y para otros efímero como la espuma de la cerveza. En el fondo, Jacinto quemaba su salario por la ranura de las máquinas tragaperras. El estruendo de las monedas se convertía en la fruta prohibida. La noche envolvía de paz a la culpa del fracaso. Fracaso por no haber estudiado cuando debía y fracaso por dejar el cuerpo muerto en la flor de la vida. De una vida sin sentido. Una vida vacía como los vasos, de una barra, en un sábado a deshora. Vasos con cubitos diminutos, manchados de carmín, y rodajas de limón.

Tripartidismo

Hoy, tras el resultado electoral en Castilla y León, he realizado un repaso por los titulares de prensa. En su mayoría, todos coinciden en la victoria del PP, la ausencia de mayoría absoluta y necesidad de apoyo de Vox para gobernar. La victoria de Mañueco es condición necesaria pero insuficiente para gobernar. Necesita, por tanto, de otra fuerza política para que la aritmética parlamentaria juegue a su favor. Un pacto antinatura entre el PP y PSOE evitaría el tropiezo con los fracasos del pasado. La coalición de derechas, durante el periodo 2022-2024, no fue una buena idea. Las discrepancias ideológicas, en los polos del espectro, sepultó a Mañueco a gobernar en solitario. Así las cosas, Carlos Martínez – alcalde de Soria – se convierte en una pieza clave para la gobernabilidad leonesa. Aún así, una gran coalición a la alemana, o dicho de otro modo, un pacto antinatura sería comida para hoy y hambre para mañana. Comida, como les digo, porque evitaría que Mañueco tropezara con los errores del pasado. Hambre, porque perjudicaría a Feijóo en su cruzada contra Sánchez.

Sea como sea, tanto PP como PSOE han ganado votos con respecto a la anterior legislatura. El voto útil ha surtido efecto junto al personalista. La figura de Carlos Martínez ha calado en un votante racional que vota en clave municipal. Los intereses de la tierra han prevalecido sobre las siglas del partido. Carlos ha conseguido desbancar a las izquierdas. Su resultado abre la veda para la esperanza socialista. Estamos ante una realineación del voto progresista en beneficio de opciones de centro izquierda. Dicho de otra forma, el PSOE atesora los votantes que, durante una década, emigraron a opciones más radicales. Por otra parte, Mañueco no ha atraído a votantes de la ultraderecha. La subida de Vox justifica el argumento. Los votantes del PP proceden de partidos desparecidos, como Ciudadanos, y de votantes que se abstuvieron en las pasadas elecciones. Existe, por tanto, una triple subida de votos – PP, PSOE y VOX – que sirve de reestructuración de la coyuntura política con respecto al multipartidismo reciente.

Analizados los resultados, podemos establecer ciertas aproximaciones futuras. La caída de la izquierda radical, la desaparición de Ciudadanos y la consolidación de Vox, nos sitúa ante un tripartidismo similar al que tuvo España en la década de los noventa. Si antes competían PP – unificado – frente a una izquierda fraccionada – PSOE e IU -, ahora asistimos a una derecha fraccionada frente a una izquierda reunificada y abanderada por los socialistas. Esta nueva situación sitúa, en clave nacional, a Sánchez en clara ventaja con respecto a Feijóo. Por mucho que se esfuerce el líder del PP, la cuota de mercado – que ostenta Abascal – es lo suficientemente extensa para no ser fogocitada de buenas a primeras. Por tanto, el tripartidismo perjudica – y mucho – a las filas del gallego. El PP se halla en una encrucijada. Si baila con Vox, corre el riesgo de espantar a aquellos votantes procedentes del difunto Ciudadanos. Si decide moderar su discurso, corre el peligro de caer en la ambigüedad ideológica y activar el voto útil en beneficio del sanchismo.

Sombras de guerra

Kant se equivocó. El optimismo racional, que marcó el siglo XVIII, no ha servido para la paz perpetua. En pleno siglo XXI, el estruendo de la guerra continúa entre nosotros. Estamos ante el eterno retorno, que diría Nietzsche. Un retorno hacia tiempos pretéritos, tiempos de emperadores legitimados por la gracia divina. Y tiempos donde el interés particular primaba sobre el general. Hoy, con las enseñanzas históricas sobre la mesa, la intelectualidad debería teorizar el presente. Es necesario que se replantee el estado de la naturaleza y el contrato social. La vuelta atrás invita a la reconquista de derechos debilitados por el desgaste de los tiempos. Y para ello, para no caer en las torpezas del ayer, se necesita un diálogo intergeneracional. Hace falta, maldita sea, que se escuche a los mayores. Mayores, o hijos de la guerra, que perdieron a sus seres por razones ideológicas. En días como hoy, en España se habla, y mucho, de "kit de supervivencia", misiles y refugios ante la barbarie.

El "no a la guerra", lejos de su oportunismo electoralista, es necesario que se verbalice. La guerra, como la muerte del vecino, parece que no va con nosotros. En los telediarios, vemos imágenes que hieren nuestra sensibilidad. Pero son "imágenes"  tomadas a miles de kilómetros de distancia. Desde el sofá, no se huele la metralla. Ni se sienten las piedras tras el derrumbe de edificios. Ni siquiera, se experimenta el miedo o la desolación que supone la incertidumbre ante la vida. La empatía ante el dolor ajeno solo es posible ante experiencias similares. Nuestros mayores han vivido la Guerra Civil. Saben lo que supone vivir en la sospecha. Sospecha a que fulano no sea de los suyos. Y sospecha a que emerjan los cadáveres del pasado. Hoy, hay motivos para el miedo. Miedo a que el péndulo histórico reviva las heridas olvidadas. Y miedo a que en los bares resurja el odio entre rojos y azules.

Pedro Sánchez ha dicho alto y claro "no a la guerra". Y sus palabras recuerdan a esa España, que las gritaba contra Aznar y la foto de las Azores. La posición del presidente es valiente y pacificadora. Valiente porque muy pocos hacen cara al gigante. Y pacificadora porque su mensaje cala entre un amplio espectro de la sociedad. Un espectro que vive inundado de barbarie y belicismo. Y un espectro que prefiere un mundo calmado. Un mundo de lagos frente a mares embravecidos. El "sí a la paz", por muy obvio que parezca, es urgente que se mencione. Es importante que Europa sostenga la pancarta de la paz. Una pancarta blanca que muestre la indignación ante las "ollas a presión". Y esa pancarta, junto con minutos de silencio y pasacalles silenciosos, deben servir de altavoz civil contra la barbarie. Sin embargo, lejos de esa ensoñación, se ha politizado el trumpismo en clave nacional. Una politización que trae consigo polarización en nuestro territorio, abre heridas del pasado y crea un escenario de "poli bueno" y "poli malo". Un escenario que apunta, una vez más, hacia el interés particular.

Desintelectualización Artificial (DA)

A lo largo de los siglos, la filosofía ha tratado el problema de lo real. Desde Parménides hasta Nietzsche, nos hemos preguntado acerca del objeto. Kant, pensador del siglo XVIII, decía que el noúmeno – la cosa en sí – no se podía conocer. Hay tantos mundos como mentes en el mundo. Esta subjetivación de lo real supuso un giro en el arte del conocer. Ahora es el sujeto quien manda sobre el objeto. Ahora es Manolo – y valga el ejemplo – quien, gracias a su entendimiento, conoce y pone nombre a la "mesa" o a la “silla”. Hoy, la Inteligencia Artificial (IA) supone un reto para lo real. Las imágenes generadas por "el programa" son tan perfectas que nos recuerdan a las ideas de Platón. Son imágenes extraídas del "mundo sensible" y adulteradas por un "hacedor". Ahora demiurgo es el programador. Un programador que ha fabricado un "programa", que recrea el mejor y el peor de los mundos posibles.

Artículo completo en Levante-EMV

¿Neocinismo?

Los cínicos fueron unos filósofos de la Antigüedad griega que criticaban el convencionalismo social. Tales pensadores – Diógenes, Antístenes y Crates de Tebas, entre otros – reivindicaban una "vida de perros". El perro simboliza buena parte de sus proclamas. Los perros viven conforme a la naturaleza, se conforman con poco, no sienten vergüenza por hacer sus necesidades en público y gozan de una libertad radical. Los cínicos clamaban contra el lujo y las convenciones sociales. A cambio, reivindicaban una vida austera, alejada del prestigio y la validación externa. La vida en la polis supuso un gregarismo urbano, que eclipsaba la libertad individual. Tras la debacle de Atenas, y el advenimiento del helenismo, la felicidad individual se convirtió en el objeto de toda ética. Los cínicos buscaban la autarkeia – la autosuficiencia -, la libertad radical y la ausencia de convenciones. No comulgaban con la "cultura del rebaño" sino con una vida sin ataduras ni credos morales.

Friedrich Nietzsche, en el siglo XIX, criticó la "moral de esclavos". Reivindicó una "moral de amos", o dicho de otra manera, una moral encarnada en los valores del "Superhombre". Culpabilizó a la "filosofía momia" del nihilismo y decretó la "inmoralidad" frente a la "moral artificial". Puso el acento en el instinto animal como motor de la vida. Sigmund Freud – padre del psicoanálisis – arremetió contra la cultura como inhibidora de las pulsiones del Ello. En su obra "El malestar de la cultura" puso el acento en las construcciones sociales frente al inconsciente. Un inconsciente que explicaba la conducta humana frente a la razón ilustrada. El gregarismo, o la cultura del rebaño, crea un "ser colectivo" que entorpece el encuentro con el "ser individual". La identidad personal, no es otra cosa, que tomar conciencia de nuestro ser. De un ser único, irrepetible y, por tanto, distinto a los demás.

La identidad personal supone una aventura hacia nuestro yo. Implica esfuerzo y tiempo para definir quién es ese o esa que se refleja en el espejo. La adolescencia es una etapa crucial en la búsqueda de nuestra esencia. El niño no es consciente de quién es. Juega con sus semejantes pero no se ve así mismo desde el objetivo de su propia cámara. El adolescente dialoga con ese otro que le acompaña desde la infancia. Busca su identidad sexual y personal. Y en esa búsqueda encuentra los ingredientes que configuran su singularidad. En el camino hacia el autoconocimiento, el adolescente descubre sus gustos y preferencias. Descubre sus aptitudes y torpezas. Y toma conciencia de su imperfección como humano. Busca y explora formas de vida acorde con su reflejo. Formas de vida que, en ocasiones, van más allá de la vida en sociedad. De ahí que algunos adolescentes sueñen con la vida de los perros o de otros animales. Vidas ajenas a las reglas sociales y desprovistas de la angustia. Vidas ubicadas en el estadio previo al contrato social. Vidas que nos recuerdan al sueño de los cínicos.

De Felipe, amos y votos en blanco

El otro día, escuché las palabras de Felipe González. Decía este señor, de las tripas ochenteras, que votará en blanco si se presenta Pedro Sánchez – como cabeza de cartel – en las próximas elecciones. También dijo, en términos peyorativos, que el presidente del Gobierno – y Trump – se creen los "putos amos". Cualquier ciudadano – y por supuesto González – es libre de opinar en democracia. Ahora bien, la opinión de Manolo – el vecino de Juan – tiene poco impacto en el pensamiento colectivo. Desde la crítica, y lo llevamos reivindicando muchos años, hace falta – con urgencia – una ley que regule la figura de los "expresidentes del Gobierno". Son figuras que manejan información privilegiada, influyen en las militancias y tienen relevacia mediática. El mensaje sobre un posible "voto en blanco" influye, de alguna manera, en las bancadas felipistas. Todavía existen muchos nostálgicos de aquel político – de la chaqueta de pana marrón – que llenaba plazas en los tiempos electorales. Un político que consiguió varias mayorías absolutas, hablaba de Europa y modernizó buena parte de las infraestructuras franquistas. Hoy, varias décadas después, Felipe no es el mismo como no lo somos ninguno de nosotros.

El tiempo nos moldea y nos hace ver la realidad desde otras perspectivas. De tal modo que las coyunturas cambian los discursos y renuevas los relatos. Hoy, la España de Felipe es distinta. Hoy, frente al bipartidismo y el turnismo de los tiempos pretéritos, hay un pluralismo político que activa la aritmética parlamentaria. La soberanía popular es condición necesaria pero no suficiente para la investidura de los presidentes. En los tiempos felipistas, PSOE y PP eran suficientes para activar mayorías de investidura. De tal modo que Felipe no tuvo que construir mayorías más allá de su influencia mitinera. Pedro, sin embargo, ha sido presidente pese a perder las elecciones. Ha sido capaz de gobernar dentro de un escenario postelectoral de carácter ingobernable. Y lejos de la simpatía o antipatía de sus alianzas parlamentarias ha conseguido el cetro de La Moncloa. Ha gobernado con partidos legales y legítimos. Partidos que, aunque no reciban el beneplácito de muchos, no han sido apartados del reparto por togas judiciales.

Hoy, España va bien en términos macroeconómicos. Ya nadie habla de deuda, de prima ni de tasas de paro. La economía – dicho por la prensa internacional – va "viento en popa" . Pasaron a un segundo plano los recortes de Zapatero y Rajoy. Gracias al Estado Social, la desigualdad ha disminuido. Aún así, Sánchez es criticado. Criticado por la derecha y, ahora, por los "jarrones chinos" de su bancada. Estamos ante una crítica que carece de alternativa. "¿Y usted, señor Feijóo, qué propone?", esta pregunta – verbalizada por Jacinto en el bar de Juana – simboliza el "mucho ruido y pocas nueces". Frente a la crítica exacerbada, el sanchismo sigue vivo y coleando. Y lo sigue porque la "tecla del bienestar" siempre fue una apuesta segura. El "pan y circo" – de los tiempos olvidados – sirve de elixir a la política. En una sociedad donde existen – como en todas – más pobres que ricos, a nadie le amarga un dulce. La subida del SMI, la revaloración de las pensiones, el aumento de la Oferta Pública de Empleo y las ayudas que, un día sí y otro también, son anunciadas por el Gobierno; invitan a que Sánchez siga gobernando. Y que siga, como les digo, pese a que un tal Felipe decida votar en blanco para evitar que salga reelegido el "puto amo".

La nueva indignación

Existe, decía Maslow, una jerarquía de necesidades en la vida humana. Una de ellas es, sin duda, la necesidad de un techo. Ese techo – o dicho e otros términos, la vivienda – se convierte en una utopía para los jóvenes del presente. Hace cuatro años, hablaba en CaixaForum Madrid, sobre la "generación en crisis". Los jóvenes "quieren y no pueden" salir del nido familiar. Y esto es un problema que tambalea los cimientos de la propiedad privada. Existe, en las sombras del capitalismo, una regresión hacia otras formas de convivencia. Cada día, vemos más jóvenes que optan por vivir en pisos compartidos o postergar la edad de emancipación. La propiedad privada – más allá de ser un derecho constitucional – se ha convertido en un lujo para el alcance de unos pocos. La generación Z lamenta que vive peor que la de sus padres. Nosotros – los padres – hemos conseguido, a trancas y barrancas, ser propietarios. Lo hemos logrado con riesgo, esfuerzo y sacrificio. Un logro que, desgraciadamente, se convierte en "algo inalcanzable" para la mayoría de nuestros hijos.

Este "querer y no poder" reestructura la sociedad. Si miramos por el retrovisor, observamos como la desigualdad entre los más pudientes y los menos pudientes crece de forma exacerbada. Cada día, la clase media adelgaza. Y adelgaza, entre otras razones, por la subida del IPC y, en concreto, el ascenso de los precios de coches y viviendas. Hace cuatro años, hablaba sobre "el revés capitalista". Anunciaba que "la angustia ante lo escaso afectará a la salud de nuestros jóvenes". Esa "angustia" genera frustración. Una frustración que se agudiza por la "ontología digital". La era de las redes sociales, nos instaura en el "ser comparativo". La "imposibilidad" y la "posibilidad" de millones de vida se manifiestan en el mismo escaparate. Un escaparate donde se muestra lo "caro" y lo "barato". Y en esa misma "tienda",  convergen por su pasillos nobles y plebeyos. No existe una separación de los espacios digitales. Rotas las paredes, que separan las vidas de "los de abajo" y "los de arriba", la angustia penetra en las vísceras de la comparación. Una comparación, como les digo, que nos conduce a la distracción constante.

"Los jóvenes – comentan en las redes – hemos perdido la esperanza". Y esa pérdida de esperanza conduce hacia el hastío. Un hastío que suscita conformismo, resignación e indignación. Ante esta "olla a presión", recuerdo el 15-M. Recuerdo como millones de jóvenes, y no tan jóvenes, salieron a las plazas. Plazas repletas de indignados e indignadas que escenificaron el enfado. Aquellas protestas sirvieron para tomar conciencia de "clase enfadada" contra el sistema. Hoy, nuestros jóvenes han pedido el entusiasmo. Y lo han perdido, queridísimos amigos, porque es muy complicado nadar contra corriente. Estamos ante una España dividida en lo político, en lo terrotorial y en lo económico. Esa división dificulta vehicular corrientes de protesta. Existe una "pluralidad incómoda" que impide, de algún modo, el desarrollo de una masa crítica y transformadora. Hacen falta nuevas narrativas, que engloben causas de protesta. Resulta necesario que los brotes de indignación unifiquen sus acciones mediante huelgas al unísono. Es urgente que la generalidad desplace a la especialización. Hace falta una unión entre quejas semejantes. Un unión que rompa las cadenas de la resignación.

  • SOBRE EL AUTOR

  • Abel Ros (Callosa de Segura, Alicante. 1974). Profesor de Filosofía. Sociólogo y politólogo. Dos libros publicados: «Desde la Crítica» y «El Pensamiento Atrapado». [email protected]

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