Kant se equivocó. El optimismo racional, que marcó el siglo XVIII, no ha servido para la paz perpetua. En pleno siglo XXI, el estruendo de la guerra continúa entre nosotros. Estamos ante el eterno retorno, que diría Nietzsche. Un retorno hacia tiempos pretéritos, tiempos de emperadores legitimados por la gracia divina. Y tiempos donde el interés particular primaba sobre el general. Hoy, con las enseñanzas históricas sobre la mesa, la intelectualidad debería teorizar el presente. Es necesario que se replantee el estado de la naturaleza y el contrato social. La vuelta atrás invita a la reconquista de derechos debilitados por el desgaste de los tiempos. Y para ello, para no caer en las torpezas del ayer, se necesita un diálogo intergeneracional. Hace falta, maldita sea, que se escuche a los mayores. Mayores, o hijos de la guerra, que perdieron a sus seres por razones ideológicas. En días como hoy, en España se habla, y mucho, de "kit de supervivencia", misiles y refugios ante la barbarie.
El "no a la guerra", lejos de su oportunismo electoralista, es necesario que se verbalice. La guerra, como la muerte del vecino, parece que no va con nosotros. En los telediarios, vemos imágenes que hieren nuestra sensibilidad. Pero son "imágenes" tomadas a miles de kilómetros de distancia. Desde el sofá, no se huele la metralla. Ni se sienten las piedras tras el derrumbe de edificios. Ni siquiera, se experimenta el miedo o la desolación que supone la incertidumbre ante la vida. La empatía ante el dolor ajeno solo es posible ante experiencias similares. Nuestros mayores han vivido la Guerra Civil. Saben lo que supone vivir en la sospecha. Sospecha a que fulano no sea de los suyos. Y sospecha a que emerjan los cadáveres del pasado. Hoy, hay motivos para el miedo. Miedo a que el péndulo histórico reviva las heridas olvidadas. Y miedo a que en los bares resurja el odio entre rojos y azules.
Pedro Sánchez ha dicho alto y claro "no a la guerra". Y sus palabras recuerdan a esa España, que las gritaba contra Aznar y la foto de las Azores. La posición del presidente es valiente y pacificadora. Valiente porque muy pocos hacen cara al gigante. Y pacificadora porque su mensaje cala entre un amplio espectro de la sociedad. Un espectro que vive inundado de barbarie y belicismo. Y un espectro que prefiere un mundo calmado. Un mundo de lagos frente a mares embravecidos. El "sí a la paz", por muy obvio que parezca, es urgente que se mencione. Es importante que Europa sostenga la pancarta de la paz. Una pancarta blanca que muestre la indignación ante las "ollas a presión". Y esa pancarta, junto con minutos de silencio y pasacalles silenciosos, deben servir de altavoz civil contra la barbarie. Sin embargo, lejos de esa ensoñación, se ha politizado el trumpismo en clave nacional. Una politización que trae consigo polarización en nuestro territorio, abre heridas del pasado y crea un escenario de "poli bueno" y "poli malo". Un escenario que apunta, una vez más, hacia el interés particular.










