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Personacracia

A pocas semanas para las elecciones generales, los líderes hablan como si fueran griegos en el ágora ateniense. Algunos defienden una cosa y su contraria. Otros prometen la Luna a cambio de la nada. Estos días, me vienen a la mente recuerdos de mis años juveniles. Años donde leía El País los sábados a deshora. Eran los años de Felipe González y su chaqueta de pana. Años donde se hablaba de Europa con orgullo y entusiasmo. Y años donde los casos de corrupción eran el pan nuestro de cada día. No existían las redes sociales sino las tribunas de los mítines. Recuerdo cuando hacíamos la ola en la Maestranza de Sevilla. Los políticos tocaban las vísceras, apelaban al miedo y sacaban los trapos sucios del pasado. De un pasado marcado por cuarenta años de nodos, curas y toros. Hoy, la política no ha cambiado tanto como pensamos. Más allá de las redes sociales, el discurso político mantiene estructuras similares a los años olvidados.

En España vamos hacia la "personacracia", o dicho más claro, "el poder de la persona". Aunque no dispongamos de un sistema presidencialista, como ocurre en los Estados Unidos, la política gira en torno a la marca personal. De ahí que siempre hablemos de felipismo, aznarismo, zapaterismo y sanchismo. Este reduccionismo hace mucho año al intelecto. Y lo hace porque la realidad es muy compleja para que la reduzcamos a ZP o Pedro Sánchez, por ejemplo. Observo en los discursos como los líderes – bañados de vanidad – mencionan el "yo".  La política, vista así, se convierte en una lucha de egos donde el interés general queda subordinado al interés personal. Expresiones como "cuando yo gobierne" hacen justicia a la "demagogia". Y digo "demagogia" porque los políticos, saben de sobra, que las políticas democráticas son el resultado de una complejidad de decisiones y entramado institucional que va más allá del Celebrity Politics. El líder es un representante ideológico que encarna, de alguna manera, el relato cocinado por su partido. Su carisma contribuye de forma necesaria, pero no suficiente, al éxito electoral. 

Tras el "Váyase señor González" o "la culpa es de ZP" vino el "Me gusta la fruta". Estamos ante una cultura política que sitúa la descalificación personal en combustible para el odio. Así las cosas, la política se ha convertido en un campo de batalla entre los de dentro y los de fuera. Los programas electorales han pasado a un segundo plano. Ya casi nadie habla de propuestas. Ahora casi todo son críticas y balones fuera. Esta forma de entender la política suscita votos en blanco y abstención electoral. La política ha perdido la magia de la Transición. Lejos de los Pactos de la Moncloa, los tiempos de Suárez son un diamante del pasado. Hoy, estamos ante una política de trincheras donde lo que gana uno, lo pierde el otro y viceversa. No existe una zona gris que siembre las semillas del entendimiento. De ahí que los mítines sean un arsenal de dinamita verbal contra el "enemigo". El enemigo engloba a quienes piensan diferente y votan distinto. Y ese enemigo emerge en las barras de los bares y mentideros de la calle. Volvemos, por desgracia, a la España de los rojos y nacionales. Volvemos a la intransigencia como motor del diálogo. Se nos olvida, por un momento, que la II República fue democrática y derivó en una guerra que todavía pervive en la memoria colectiva.

El dilema electoral

Tras la convocatoria de elecciones, recibí un mensaje de Gabriel, un periodista afincado en París. Me preguntaba sobre el dilema electoral de cara al 29 de noviembre. Me decía que le consultó a la IA. Quería escribir una pieza sobre nuestra coyuntura política. Según la IA, <<A excepción del CIS, el rasgo común de todos los sondeos es que el PP y Vox obtendrían la victoria de escaños con una holgada mayoría absoluta>>. Este correo lo recibí días antes del fallecimiento de Maricarmen. A un mes y medio para la cita electoral, la única encuesta válida es el resultado que arrojen las urnas. La "invasión de Ceuta", la corrupción en el seno del partido socialista, el desgaste del gobierno y la ruptura con Junts son, entre otros, puntos que explican la posible derrota electoral. Según los últimos sondeos, la alianza entre Vox y PP sumarían más de 176 de escaños. Sin embargo, por separado, ninguno de los dos alcanzaría el cetro de La Moncloa. 

Los posibles votos que el partido de Abascal pesque en el río del PP no alteran a la suma de las partes. Un posible prepacto entre las derechas arrojaría un juego de suma cero. Lo que pierde uno, lo gana el otro y viceversa. Las derechas, como dirían en mi pueblo, "han tocado techo". Sin embargo, el PSOE solo ganaría en caso de que obtuviese una victoria holgada en el prado de la izquierda. No olvidemos que Pedro gobierna gracias a una investidura, apoyada por fuerzas nacionalistas tanto de derechas como de izquierdas. Rota la pata de la derecha, el PSOE necesita atesorar un número suficiente de votos progresistas para que la "mesa" se sostenga. Y ahí es donde reside la estrategia electoral. Todo pasa por crear una unión izquierdista que frene el carro engrasado de las fuerzas conservadoras. Esa unión necesita, a su vez, movilizar a quienes pueden, pero no votan el día de las urnas. Y entre esos que "pueden, pero no quieren" hay un suculento pastel de afectados por la vivienda e identificados con Maricarmen. el "voto Maricarmen" es el que decidirá, en última hora, quién será el nuevo presidente del gobierno.

La movilización de las "Maricármenes" pasa por el uso de la razón instrumental. La aprobación de los nuevos decretos de alquiler, tras el "no" de las derechas, abre un dilema electoral que beneficia a la izquierda. Miles de ciudadanos, jóvenes y no tan jóvenes, deberán sopesar los riesgos que implica la abstención. Una posible alianza de las derechas implicaría una derogación inmediata de lo aprobado por el sanchismo. El "miedo a lo desconocido" puede activar, de alguna manera, la movilización de la izquierda. Estamos ante una balanza de costes y oportunidades. El coste de "no votar" es mayor que la oportunidad de votar para no perder lo conseguido. El PSOE deberá impedir, a toda costa, que el PP desmonte esa tesitura. Y para ello, centrará toda la campaña en un monotema que será, sin duda alguna, el tema de la vivienda. Sánchez activará el "miedo a la derecha". Miedo a una derecha, de corte americano, que defiende a ultranza el mercado en detrimento del Estado. Una derecha que pone en marcha la maquinaria de los recortes como en los tiempos marianistas. Y una derecha que tree, en la mochila, más desigualdad social y adelgazamiento de la clase media. Atentos.

De alquileres y elecciones

Ayer, cuando leí que había fallecido Maricarmen, me vino a la mente la imagen de una anciana desahuciada, sin piedad, por un fondo buitre. Entendí que el mercado es cruel y salvaje. No se tuvo en cuenta ni su edad ni su estado de salud. Lo único que importó fue el valor actual de su alquiler. Ante ello, el gobierno de Pedro Sánchez presentó dos decretos que fueron tumbados por las derechas (PP, VOX y Junts). Las derechas dijeron "no" a los "decretos Maricarmen". Y dijeron que no, ¡maldita sea!, porque barrían más para los inquilinos que para los rentistas y/o caseros. No, entre otros intereses, porque en su río abundan estos últimos. Y no porque es "políticamente incorrecto" ir contra la mano que te da de comer. Este desplante hacia los inquilinos quebrantó la confianza de Sánchez con sus socios de gobierno. Y acto seguido, por sentido común, el presidente convocó elecciones generales. Unas elecciones que algunos vislumbran como el fin del sanchismo y la llegada del feijóonismo.

Aun así, Sánchez ha aprobado los Reales Decretos modificados y lo ha hecho mediante el poder legislativo que le otorga la Constitución en casos de urgente, y extraordinaria, necesidad. Dos decretos que serán sometidos a la Diputación Permanente para su tramitación como ley ordinaria. Mientras tanto, Ayuso incita a los suyos a que "no voten por correo" y anuncia "Íntimo", un libro sobre su persona. Estamos, pues, ante dos cortinas de humo para que los acampados desacampen y el tema de la vivienda no sea el buque insignia de la campaña. Pero, fatalidades del destino, Maricarmen ha fallecido. Ha fallecido la mujer que simboliza la sinrazón de la vivienda. Fallece la anciana que fue desahuciada de forma inhumana ante la mirada de millones de rentistas y caseros. Hoy, la derecha, arremete contra Pedro y su pasividad en política de viviendas. Y lo hace, queridísimos amigos, tras vetar algo bueno para quienes, por cuestiones de precio, se ven obligados a vivir de alquiler. Jóvenes y, no tan jóvenes, que destinan más del sesenta por ciento de su salario al pago del alquiler. 

Feijóo ha prometido la construcción de más de un millón de viviendas. Esta promesa, que categorizo como populista y electoralista, encierra – para los entendidos en la materia – errores de calado. La política de vivienda es competencia del Estado, de las Comunidades Autónomas, de los ayuntamientos y de la iniciativa privada. No, el Gobierno no puede, aunque quiera, construir la friolera de un millón de viviendas sin pasar por la complejidad de las administraciones autonómicas y locales. Sánchez, sin embargo, ha ofrecido préstamos de 50.000 euros sin intereses para la entrada de la vivienda. Una medida real y posible por parte del gobierno. A pocas semanas para unas elecciones generales, la muerte de Maricarmen pone en valor una reflexión profunda sobre la dignidad humana. Y sobre dignidad deben versar las próximas elecciones. Más allá de la quiniela electoral y la calculadora parlamentaria, España debe decidir entre razón y salvajismo. Debe tomar conciencia de lo importante que es la política para estructurar lo cotidiano. Un mal paso puede arruinar el destino al mejor de los viajeros. 

Maricármenes

Ayer, cuando vi la Plaza Sol, me vinieron a la mente las imágenes del 15M. Corrían los últimos meses de Zapatero, cuando jóvenes y no tan jóvenes salieron a la calle de forma silenciosa y pacífica. Algunos todólogos, compararon aquel fenómeno sociológico con  el mayo francés. Los indignados de Hessel gritaban al unísono contra el descontento sistémico. Se quejaban, entre otras cosas, de la tasa de paro juvenil (que rondaba el 50%), el bipartidismo político (que no los representaba), el rescate a los bancos y la lacra de los desahucios. Hoy, una señora llamada Maricarmen ha encendido la llama del 15M. Su desahucio, a los 87 años, por un fondo buitre ha sido la gota que ha colmado el vaso. Ella, Maricarmen, representa un perfil sociológico que sufre "el querer y no poder" comprar una vivienda. Aunque estamos ante una Tasa de Actividad que roza el pleno empleo, el acceso a la vivienda se convierte en una quimera para millones de ciudadanos.

Hace cuatro años, en CaixaForum Madrid, impartí una conferencia sobre "la generación en crisis". Allí hablé de precariedad laboral y, sobre todo, del problema de la vivienda. Decía que, en un futuro no muy lejano, los jóvenes se verían obligados a salir a la calle. Hoy, aquellos pronósticos son una realidad. Aunque el derecho a una vivienda digna sea un derecho contemplado en la Constitución, el ejercicio de este – el alquiler o compra – se convierte en una aventura ardua. Los precios desorbitados de la vivienda, así como el de los alquileres, interfieren en la independencia de nuestros jóvenes. Tener un contrato fijo se ha convertido en una condición necesaria, pero no suficiente. El coste de la vida es tan alto que la generación de hoy está condenada a vivir peor que la de sus padres. Alquileres de ochocientos y mil euros al mes suponen más del sesenta por ciento de los ingresos particulares. Existe, por tanto, una indignación social contra esta sinrazón del mercado inmobiliario. Maricarmen no es un caso aislado, sino que representa a millones de ciudadanos que empatizan con su situación.

Más allá del "Decreto Maricarmen", el problema del alquiler pasa por los caseros y rentistas. El desequilibrio de un mercado imperfecto, donde la demanda triplica a la oferta, sitúa en una clara ventaja a los propietarios. Propietarios que, en lugar de depositar sus ahorros en otras alternativas de inversión, apuestan por el alquiler como prioridad. La rentabilidad que otorga un alquiler está en ventaja con otros activos financieros. Ahora bien, lejos de este negocio, la vivienda es un derecho que debe proteger el Gobierno. Tal y como decía Keynes, el Estado debe intervenir ante los fallos o errores del mercado. Y en este caso, el marcado inmobiliario se comporta como si fuera un capitalismo salvaje de sálvese quien pueda. De ahí que existan precios abusivos que rinden a una cultura de subasta. Así las cosas, el Estado debe poner freno a esta burbuja que favorece a los rentistas y perjudica a los inquilinos. Hace falta que se construyan viviendas de protección oficial y se aumenten las ayudas al alquiler. Se debe poner freno a la especulación. Y para ello, se necesita un Pacto de Estado por la Vivienda (PEV) que desarrolle directrices en política de vivienda. Directrices, como digo, que vayan más allá de los intereses partidistas y territorialistas. 

Tabula rasa

El folio es la metáfora de una nada que necesita ser llenada. Delante de la página en blanco, somos seres que temen por la inmediatez de su desnudo. El folio es una alcoba inundada de secretos. En él, queda impregnada la mirada desde lo alto de la cima. Hoy, en la era digital, el papel se ha convertido en un enfermo terminal. En vísperas de su funeral, hablan los escribas desde la Antigüedad. En el folio, quedan grabados los diálogos entre don Quijote y Sancho Panza. A través de los bolígrafos, las ideas del literato han conquistado las fibras de celulosa. Bolígrafos azules y negros. Bolígrafos de tinta china y bolígrafos de gel. Bolígrafos que han escrito epopeyas, manifiestos, odas y novelas. Y gracias a ellos, hoy millones de libros aguardan en las estanterías de las bibliotecas. El siglo XXI llora la decadencia del papel. Las pantallas sustituyen, poco a poco, al pensamiento rectangular. Mientras escribo, me vienen a la mente momentos de angustia ante la blancura del papel. Momentos donde la escritura se convierte en un refugio en medio del huracán. Y en ese instante es cuando las palabras traducen los estados interiores.

Delante del folio, observo un trozo de nada en medio de un estruendo. Lo miro y noto sensaciones que recorren los surcos de mis venas. El folio, sin letras ni garabatos, se convierte en un huerto sin árboles. Su funcionalidad reside en su contenido. Y su contenido no es otro que una provocación ante los ojos de los otros. La escritura es un oficio de valientes. El escritor expone su pensamiento ante un futuro incierto. Tras el escrito, no hay retrocesos ni lamentos. Detrás de los renglones existe un sabor insípido en las vísceras de Manolo. Escribir es como dar patadas a las piedras. A piedras que impactan contra lunas o caen en el silencio de la arena. Nunca se sabe, a ciencia cierta, el efecto de las palabras. Uno escribe desde su posición ante el mundo. Sin verdad en el camino, solo quedan perspectivas infinitas. Muerta la verdad, el folio se convierte en una ventana hacia el mar. En el folio yacen amores clandestinos, memorias de un soldado y las invenciones de Juan. Leo y huelo el aroma del papel. Un aroma que se envuelve con el sabor a café. En la lectura, empatizo con ese otro que escribió desde su patio interior. Intento comprender su otredad y, en ese intento, siento el escozor de sus heridas.

Escribir implica un ejercicio moral. Supone un compromiso con la verdad y una responsabilidad ante las heridas ajenas. El escritor debe ser respetuoso con la realidad. El bolígrafo adquiere cientos de funciones cuando invade el papel. Hay bolígrafos que escriben como cuchillos y otros que recetan curas para enfermedades. Los hay que han ocasionado transformaciones sociales y declaraciones de paz. En el despacho, yacen bolígrafos sin tinta. Bolígrafos que vaciaron sus depósitos en rectángulos equivocados. Rectángulos, u hojas de papel, que sufrieron la invasión de mentes enturbiadas por el ruido de sus vidas. Son folios, maldita sea, que sirvieron a Juanito para hacer aviones de papel. Decía Jacinto, un señor que frecuentaba El Capri, que siempre regalaba hojas de papel. Regalar folios en blanco, me comentaba, supone obsequiar con libertad. Una libertad que solo se puede regalar en lugares inmersos de democracia. Ante ese folio, Clara goza de su libertad. Clara deja rienda suelta a su pensamiento. Ahora ella es un ave que vuela por sus prados interiores. Vislumbra sus placeres reprimidos. Mira sus sueños. Sueños vistos a través de sus ojos de águila.

Gigantes de hojalata

Leo el informe PISA y me vienen a la mente recuerdos de mis años juveniles. Tras abandonar los estudios, mi vida transcurrió entre barras y garitos. La revista Súper Pop se convirtió en mi lectura preferida. En la mesa del salón aguardaban decenas de ejemplares que hoy, casi cuatro décadas después, yacen apiladas en el trastero de la memoria. En aquellos años, consumía las horas jugando a videojuegos en el  Amstrad CPC. Fueron tantos meses delante de la pantalla que perdí gran parte de la capacidad lectora. Me costaba, la verdad sea dicha, leer dos párrafos seguidos. Y cuando lo conseguía, no entendía lo que leía. En la vida cualquier destreza necesita ensayo y disciplina. Mientras escribo, miro de reojo las cartas que escribí a mi primo cuando prestaba servicio en los Regulares de Melilla.  Cartas repletas de faltas de ortografía, renglones torcidos, y letra ilegible. Cartas, queridísimos lectores, que son el testimonio vivo de un adolescente que soñaba con la nada. 

Hoy, con cuatro grados en la mochila, todavía me duelen las heridas de las pantallas. Ensimismado en el mundo de los videojuegos, perdí trenes con destino a paraísos idílicos. Perdí ferrocarriles, como digo, repletos de vidas con sentido. Mi vida era como una brújula rota en medio de un laberinto. Recuerdo, el estruendo de la metralla en un prado de marcianos. Un prado similar a la vida de un perro pulgoso en un rincón palaciego. Mientras escribo, veo la angustia que sufrí en la senda del encuentro. Desde el desierto, añoraba la hierba  que envolvió las torpezas de mi infancia. Ese niño brillante, con gafas de pasta y granos en la cara, se convirtió en un trozo de hojalata por culpa de las pantallas. Las pantallas asesinaron a ese león de libros que leía el Quijote hasta altas horas de la madrugada. Un león que quiso ser alguien en la ínsula Barataria, pero quedó atrapado en una jungla de miedos y temores. Hoy, desde la ventanilla del AVE, veo gigantes en los secarrales de Castilla. Quién te ha visto y quién te ve.

España sabe leer, pero no sabe lo que lee. El progreso técnico – el boom de las redes sociales, la IA y los videojuegos – no camina paralelo al progreso cultural. No, el avance tecnológico no ha traído más cohesión social sino más desintegración. La "marca personal" ha sustituido a la comunidad. Esa pérdida del "nosotros" ha suscitado una sociedad del "sálvese quien pueda". Los libros, sin embargo, narran historias basadas en grupos y dilemas morales. Las tramas se desarrollan en paisajes geográficos y humanos. Esas narraciones no se corresponden con el individualismo real. Ensimismados en las pantallas, los jóvenes viven en sus mundos interiores. Viven para la creación de su avatar y, en ese menester, pierden la noción de complejidad. Desde su isla, construyen sus casas imaginarias. Sin salir a la intemperie, no conocen la magnitud de la barbarie, ni siquiera la paz de un diálogo sosegado. De ahí que lean y no comprendan porque leer implica empatía con otras formas de vivir. La vida aislada impide la mirada de pájaro que necesitan las humanidades. Es urgente que surja un renacimiento juvenil. Un renacimiento de las relaciones, con el mundo, más allá de las pantallas. 

Ceuta y la sombra del Leviatán

Aquella noche, El Capri estaba repleto. Peter volvía de Francia, en su Seat 127, con una mochila cargada de ilusiones. Corría septiembre de 1990 y Duncan Dhu tocaba en Rafal, un pueblo vecino del mío. En aquellos años, la gente fumaba. Fumar era como un gesto de hombría frente al público femenino. Recuerdo que Manolo hacía aros con el humo del Ducados. En España gobernaba la izquierda. Felipe González hablaba de Europa en la Maestranza de Sevilla. La derecha estaba asociada con hombres antiguos. Hombres con barrigas prominentes que recordaban a los clérigos medievales. España quería vivir o, mejor dicho, "no perderse nada" como diría un adolescente. En El Capri, emborrachaba mis penas con vasos de tequila. Quería huir, por un momento, de mis miedos y temores. Hoy, leo a Schopenhauer y veo – en su reflejo – la huella de mi pasado. Mientras escribo este artículo, Diana aguarda en el salón para que la saque a la calle. 

Por la televisión, veo como varios todólogos comentan las imágenes de Ceuta. Son señores que hablan como si fueran sofistas en el ágora de Atenas. Desde el plató, todos son soluciones fáciles ante problemas complejos. Mientras veo el debate, reflexiono sobre los hechos. Me vienen a la mente, asignaturas de sociología y de ciencia política. Recuerdo la lectura sobre El choque de civilizaciones de Huntington y la Alianza de las cotizaciones que defendía Zapatero. Existen derechos naturales que nos igualan como humanos, pero existe – a su vez – contrastes culturales que nos enfrentan como especie. Somos, como diría un divulgador científico, una comunidad de células culturales que interactúa con el medio para sobrevivir. Esa comunidad defiende, como cualquier animal, su territorio. De ahí que Ceuta, en estos momentos, sea un territorio ocupado por seres semejantes y con culturas diferentes. Tales seres tienen sed y hambre. Son seres que deambulan por la intemperie y duermen bajo las cornisas de la barbarie.

Mientras escribo, me viene a la mente El señor de las moscas de William Golding. Observo como el intento de organizar una sociedad civilizada fracasa y deriva en salvajismo y crueldad. En el estado de naturaleza, el hombre era un animal que protegía su espacio. El contrato social sirvió para realizar la transición hacia el Estado Civil. Thomas Hobbes defendió el Leviatán, un ser que ostentando el monopolio de la fuerza garantizase la paz y el orden. Ceuta se ha convertido en una ciudad fallida. El paso del orden al desorden tira por la borda las proclamas anarquistas. El hambre y el calor no entienden de racionalidad. No hay Ilustración que valga cuando las tripas suenan ante la ausencia de comida. La paz perpetua, que defendía Kant, falla cuando no existe solidaridad internacional. Ante esta situación, Sánchez se halla en la encrucijada. Por un lado, las CCAA miran para otro lado mientras Ceuta sufre los efectos de la "invasión". Por otro, las derechas arrojan todo su arsenal contra el presidente ante la llegada de elecciones. Por la calle, Diana ladra a los otros cuando invaden su territorio. 

Sota, caballo y rey

Aquella noche, El Capri estaba repleto. Corrían los años noventa y Alaska sonaba fuerte en el platillo de la izquierda. Solo, y sin ningún perro que me ladrara, leía El País entre sorbos de café. En aquellos años, mi cabeza daba vueltas como una noria en un parque de atracciones. Me inquietaban temas oscuros como la muerte y el devenir. Preocupado por el día de mañana, soñaba con una vida tranquila, pero rica en saberes y menesteres. Recuerdo, con dificultad, una columna que leí sobre la memoria. Aunque nunca he sido nostálgico, el tiempo es mi bien más preciado. Somos un segmento de vida dentro del universo. Un segmento que, tarde o temprano, desaparecerá y afectará a los otros. Aunque no soy psicólogo, pienso, como filósofo, conexiones que, basadas en la lógica, explican nuestro misterio. En aquella columna, leí que la memoria guarda relación con el contenido que nutre los sentidos. A lo largo de la vida, millones de imágenes se cruzan en nuestro camino. De esas, unas pocas se aposentan en el trastero. 

Lo urbano es un obstáculo al recuerdo. Mientras camino por mi barrio, me vienen a la mente inmuebles que existían antes de los presentes. Lo que ahora es la Casa de Cultura, antes era un cine, pasando por un solar urbano y terminando con un bancal de patatas. Existe una huella material que determina los recuerdos. A más solapamientos, más dificultad para el recuerdo. De ahí que los arqueólogos busquen tesoros ocultos en el presente. El paisaje y sus mutaciones contribuyen al olvido. Y lo mismo pasa con los momentos vividos. Una vida repleta de historias, anécdotas y vivencias impide un recuerdo nítido. Sin embargo, una vida plana y vacía de contenido invita a un recuerdo rico en matices. Antes, me cuenta Gregorio, la mayor hazaña de un hombre no era otra que su año en la mili. Las vidas transcurrían entre pocos momentos. Los momentos claves eran, básicamente, el día de la boda y el nacimiento de los hijos. No se celebraban, como ahora, los días de cumpleaños. Ni siquiera, la gente coleccionaba viajes ni escapadas. No existían las fiestas por jubilaciones, ni siquiera las Baby Shower. Ni tampoco, las graduaciones de fin de curso. No, la vida era sota, caballo y rey.

La memoria necesita emoción para la fijación de los recuerdos. Y hoy, en sociedades exageradamente emocionales, la gente colecciona momentos basados en el afecto. Son tantos momentos que muchos terminan en el olvido. Así, Manolo no recuerda a ciencia cierta si la celebración de sus cuarenta fue en Murcia o en Alicante. Y no lo sabe porque todos los años colecciona el momento de su cumpleaños. No estoy haciendo una crítica a las celebraciones, faltaría más, sino una reflexión sobre las crisis de memoria. La vida, dice el eslogan, "son momentos". Y es, precisamente, ese estribillo el que nutre al capitalismo inmaterial. Viajar se ha convertido en una obligación. Las vidas se comparan a través del escaparate. El escaparate no es otro que las redes sociales. Así, "si él viaja, yo también". Todo sea por la exhibición de momentos. Tantos que las RRSS nos los muestran para que los volvamos a mostrar. Vivimos esclavizados a un carrusel de momentos efímeros: Vacaciones, celebraciones y demás, que ilustran una vida llena, pero superficial. 

  • SOBRE EL AUTOR

  • Abel Ros (Callosa de Segura, Alicante. 1974). Filósofo, sociólogo y politólogo. Finalista Premios Internet 2024. Libros publicados:  «El Pensamiento Atrapado» y «Desde la Crítica».
    [email protected]

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