El otro día, escuché las palabras de Felipe González. Decía este señor, de las tripas ochenteras, que votará en blanco si se presenta Pedro Sánchez – como cabeza de cartel – en las próximas elecciones. También dijo, en términos peyorativos, que el presidente del Gobierno – y Trump – se creen los "putos amos". Cualquier ciudadano – y por supuesto González – es libre de opinar en democracia. Ahora bien, la opinión de Manolo – el vecino de Juan – tiene poco impacto en el pensamiento colectivo. Desde la crítica, y lo llevamos reivindicando muchos años, hace falta – con urgencia – una ley que regule la figura de los "expresidentes del Gobierno". Son figuras que manejan información privilegiada, influyen en las militancias y tienen relevacia mediática. El mensaje sobre un posible "voto en blanco" influye, de alguna manera, en las bancadas felipistas. Todavía existen muchos nostálgicos de aquel político – de la chaqueta de pana marrón – que llenaba plazas en los tiempos electorales. Un político que consiguió varias mayorías absolutas, hablaba de Europa y modernizó buena parte de las infraestructuras franquistas. Hoy, varias décadas después, Felipe no es el mismo como no lo somos ninguno de nosotros.
El tiempo nos moldea y nos hace ver la realidad desde otras perspectivas. De tal modo que las coyunturas cambian los discursos y renuevas los relatos. Hoy, la España de Felipe es distinta. Hoy, frente al bipartidismo y el turnismo de los tiempos pretéritos, hay un pluralismo político que activa la aritmética parlamentaria. La soberanía popular es condición necesaria pero no suficiente para la investidura de los presidentes. En los tiempos felipistas, PSOE y PP eran suficientes para activar mayorías de investidura. De tal modo que Felipe no tuvo que construir mayorías más allá de su influencia mitinera. Pedro, sin embargo, ha sido presidente pese a perder las elecciones. Ha sido capaz de gobernar dentro de un escenario postelectoral de carácter ingobernable. Y lejos de la simpatía o antipatía de sus alianzas parlamentarias ha conseguido el cetro de La Moncloa. Ha gobernado con partidos legales y legítimos. Partidos que, aunque no reciban el beneplácito de muchos, no han sido apartados del reparto por togas judiciales.
Hoy, España va bien en términos macroeconómicos. Ya nadie habla de deuda, de prima ni de tasas de paro. La economía – dicho por la prensa internacional – va "viento en popa" . Pasaron a un segundo plano los recortes de Zapatero y Rajoy. Gracias al Estado Social, la desigualdad ha disminuido. Aún así, Sánchez es criticado. Criticado por la derecha y, ahora, por los "jarrones chinos" de su bancada. Estamos ante una crítica que carece de alternativa. "¿Y usted, señor Feijóo, qué propone?", esta pregunta – verbalizada por Jacinto en el bar de Juana – simboliza el "mucho ruido y pocas nueces". Frente a la crítica exacerbada, el sanchismo sigue vivo y coleando. Y lo sigue porque la "tecla del bienestar" siempre fue una apuesta segura. El "pan y circo" – de los tiempos olvidados – sirve de elixir a la política. En una sociedad donde existen – como en todas – más pobres que ricos, a nadie le amarga un dulce. La subida del SMI, la revaloración de las pensiones, el aumento de la Oferta Pública de Empleo y las ayudas que, un día sí y otro también, son anunciadas por el Gobierno; invitan a que Sánchez siga gobernando. Y que siga, como les digo, pese a que un tal Felipe decida votar en blanco para evitar que salga reelegido el "puto amo".










