Existe, decía Maslow, una jerarquía de necesidades en la vida humana. Una de ellas es, sin duda, la necesidad de un techo. Ese techo – o dicho e otros términos, la vivienda – se convierte en una utopía para los jóvenes del presente. Hace cuatro años, hablaba en CaixaForum Madrid, sobre la "generación en crisis". Los jóvenes "quieren y no pueden" salir del nido familiar. Y esto es un problema que tambalea los cimientos de la propiedad privada. Existe, en las sombras del capitalismo, una regresión hacia otras formas de convivencia. Cada día, vemos más jóvenes que optan por vivir en pisos compartidos o postergar la edad de emancipación. La propiedad privada – más allá de ser un derecho constitucional – se ha convertido en un lujo para el alcance de unos pocos. La generación Z lamenta que vive peor que la de sus padres. Nosotros – los padres – hemos conseguido, a trancas y barrancas, ser propietarios. Lo hemos logrado con riesgo, esfuerzo y sacrificio. Un logro que, desgraciadamente, se convierte en "algo inalcanzable" para la mayoría de nuestros hijos.
Este "querer y no poder" reestructura la sociedad. Si miramos por el retrovisor, observamos como la desigualdad entre los más pudientes y los menos pudientes crece de forma exacerbada. Cada día, la clase media adelgaza. Y adelgaza, entre otras razones, por la subida del IPC y, en concreto, el ascenso de los precios de coches y viviendas. Hace cuatro años, hablaba sobre "el revés capitalista". Anunciaba que "la angustia ante lo escaso afectará a la salud de nuestros jóvenes". Esa "angustia" genera frustración. Una frustración que se agudiza por la "ontología digital". La era de las redes sociales, nos instaura en el "ser comparativo". La "imposibilidad" y la "posibilidad" de millones de vida se manifiestan en el mismo escaparate. Un escaparate donde se muestra lo "caro" y lo "barato". Y en esa misma "tienda", convergen por su pasillos nobles y plebeyos. No existe una separación de los espacios digitales. Rotas las paredes, que separan las vidas de "los de abajo" y "los de arriba", la angustia penetra en las vísceras de la comparación. Una comparación, como les digo, que nos conduce a la distracción constante.
"Los jóvenes – comentan en las redes – hemos perdido la esperanza". Y esa pérdida de esperanza conduce hacia el hastío. Un hastío que suscita conformismo, resignación e indignación. Ante esta "olla a presión", recuerdo el 15-M. Recuerdo como millones de jóvenes, y no tan jóvenes, salieron a las plazas. Plazas repletas de indignados e indignadas que escenificaron el enfado. Aquellas protestas sirvieron para tomar conciencia de "clase enfadada" contra el sistema. Hoy, nuestros jóvenes han pedido el entusiasmo. Y lo han perdido, queridísimos amigos, porque es muy complicado nadar contra corriente. Estamos ante una España dividida en lo político, en lo terrotorial y en lo económico. Esa división dificulta vehicular corrientes de protesta. Existe una "pluralidad incómoda" que impide, de algún modo, el desarrollo de una masa crítica y transformadora. Hacen falta nuevas narrativas, que engloben causas de protesta. Resulta necesario que los brotes de indignación unifiquen sus acciones mediante huelgas al unísono. Es urgente que la generalidad desplace a la especialización. Hace falta una unión entre quejas semejantes. Un unión que rompa las cadenas de la resignación.










